Posteado por: Es Cau | enero 15, 2017

MADERA

En algún momento de su historia dicen que España estaba plagada de bosques y que una ardilla podía cruzarla sin tocar tierra. También se dice que una buen aparte de la deforestación de la península se debió a la construcción de la armada española durante los años del Imperio.

Armada Invencible

Armada Invencible

Como sea, a juzgar por los extraordinarios galeones, debió existir en algún momento de nuestra historia un conocimiento de la construcción en madera bastante notable, ya fuese para obras civiles, religiosas, militares o navales. Debió ser una actividad  profundamente arraigada en la cultura y el desarrollo social, con importantes gremios especialistas en las diferentes técnicas que la madera podía ofrecer para cada propósito.

Sin duda, la madera, junto con la piedra,  son los elementos de construcción más antiguos y nobles.  La madera goza de gran versatilidad  gracias a su estructura de fibras que le otorgan resistencia a la flexión y gran capacidad de adaptación a reinventarse con diferentes tecnologías, superando o igualando muchas veces materiales más modernos.

Es uno de los materiales que ha aportado, en términos constructivos,  más beneficios a lo largo de nuestra historia y que además está íntimamente relacionado con la sustentabilidad del planeta. Una y otra vez la madera aparece como un valor insustituible, noble y lleno de posibilidades, que aumentan día a día con los nuevos tratamientos,  y cuya explotación consciente solo puede entregar beneficios.

En algún otro momento de nuestra historia y de forma gradual, nuestro territorio fue convirtiéndose mayoritariamente en un paraje agreste, de secano, donde la solidez de la masa pétrea le ganó la mano a la elegante fibra de la madera. Con la desertificación de la península, después de la piedra llegó el ladrillo, y después el hormigón y el acero, y nos olvidamos completamente de la cultura maderera. Pero no solo perdimos cultura constructiva, también la conciencia sustentable que indefectiblemente acompaña la explotación maderera en este siglo, extremadamente arraigada a los países europeos de los grandes bosques, casualmente los más desarrollados.

Nos quedamos así, sin apenas darnos cuenta, en un sitial intermedio entre los países donde el desarrollo urbano se armoniza con la naturaleza, y aquellos del norte de áfrica, mucho más áridos y pobres, en los que solo pueden lidiar con lo poco que hay, y aún así consiguen desarrollar técnicas orgánicas de construcción altamente eficientes y sostenibles.

Lo nuestro fue, en parte por elección,  el derroche de lo sólido, sin un ápice de arrepentimiento y sin mediar intención sostenible alguna.

Benidorm, la Meca del Ladrillazo.

Benidorm, la Meca del Ladrillazo

No fue casual entonces que durante mis estudios de arquitectura en Barcelona, principios de los 80,  la madera como material de diseño estructural o de proyectos arquitectónicos no apareciese por ningún lado, salvo por las menciones obvias en las clases de construcción para uso de encofrados, tablestacados, etc.  La potencialidad arquitectónica de la madera no existió nunca en aquellos años, y solo se hablaba de proyectos en madera  referidos a los países Nórdicos o Estados Unidos, pero siempre con un cierto deje de construcciones de segundo orden, porque donde estuviese lo sólido que se quite lo demás.

Cuando llegué a Chile después  de un periplo por Estados Unidos, me encontré frente a un país profundamente maderero, y cuya construcción en edificaciones de uno o dos pisos era mayoritariamente en madera. En su cultura profunda está la admirable colección de Iglesias chilotes levantadas desde mediados del siglo XVIII por curas jesuitas centroeuropeos,  que supieron combinar sus conocimientos y técnicas de construcción con el saber popular de los lugareños, basándose en estructuras de cuadernas navales.

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Solo Madera

Aterricé con mi titulación altamente valorada de la escuela de Arquitectura de Barcelona, y sin un gramo de conocimiento sobre escuadrías de madera para la construcción, ni técnicas constructivas que me permitiesen levantar un tabique, resolver nudos entre elementos soportantes, y mucho menos claridad para dimensionar estructuras en madera. La Escuela de Arquitectura de Barcelona, reconocida mundialmente, se había olvidado de la madera.

Con el tiempo adquirí los conocimientos para poder diseñar y resolver constructivamente viviendas de este material,  y utilizar la enorme plasticidad y manipulación que ofrece. Sus características son excepcionales,  la nobleza de su carácter, su escala humana, la calidez que otorga a los interiores, la facilidad constructiva, su estabilidad, facilidad para reconvertir los espacios, versatilidad y cercanía.

Hotel Tierra Patagonia - Cazú Zegers

Hotel Tierra Patagonia – Cazú Zegers

A finales de los 80 parecía que la madera iba recuperando dignidad en la arquitectura de vanguardia en España, primero fue la decoración de interiores que empezó a buscar estéticas de simpleza y calidez nórdica, y después más osadamente participando de fachadas y segundas pieles altamente sofisticadas. Lamentablemente le ha faltado fuerza para destronar  la cultura de lo sólido y es difícil ver construcciones de buen nivel conceptual  construidas completamente en madera, con la salvedad de cubiertas de  estructuras de madera laminada, que irrumpieron en el mercado en volandas de una mayor sofisticación y arquitectura de autor.

Los planes de manejo de la madera son, contrariamente a lo que puede parecer, altamente ecológicos. La mayoría de los gobiernos europeos (entre los que casualmente no estamos) considera que la lucha contra el efecto invernadero es indisociable del desarrollo del uso de la madera en la construcción, además de aquello del urbanismo amigable versus nuestro ladrillazo de más cantidad en lugar de más calidad.

El efecto invernadero se produce por el aumento de C02 en la atmósfera. Los árboles absorben dióxido de carbono, lo fijan por fotosíntesis y devuelven oxígeno a la atmosfera. Al transformarlos en materiales de construcción se retrasa el momento en que el carbono fijado se devuelve a la atmósfera por efecto de la descomposición o combustión de la madera.

Según el CNDB (Comité Nacional de desarrollo de la Madera, Francia) una tonelada de madera empleada en la construcción representa alrededor de 1,6 toneladas de CO2 atmosférico menos. Si la madera arde al final del proceso, el gas carbónico almacenado vuelve a la atmósfera, por lo que el balance del perjuicio  que comporta el uso de la madera es nulo en relación al calentamiento global, mientras que el de otros materiales de construcción (metal, hormigón, plástico, vidrio y otros) es positivo, ya que  precisan de mucha energía para producirlos y por tanto generan un CO2 que no se equilibra.

No hay material más extraordinariamente amigable, constructivo y arquitectónico por naturaleza,  nos hace más humanos y nos devuelve a la tierra, a la escala del hombre. Podemos soñar con el universo pero no olvidar de dónde venimos.

Pilares Patagónicos

Pilares Patagónicos

Posteado por: Es Cau | septiembre 25, 2016

ANTROPOCENO, la era del hombre.

La historia de nuestro planeta conlleva más de 4.500 millones de años desde su formación gaseosa hasta nuestros días, un suspiro para la edad del universo y una eternidad para la escala de nuestra existencia. Son muchos los periodos por los que nuestro planeta ha ido evolucionando y en cada uno de ellos se han producido cambios asombrosos, todos ellos concadenados y retroalimentados sobre hecho naturales, que han sido capaces de delinear el camino de un destino.

Cada una de esas grandes eras: paleozoica,  protozoica, mesozoica y cenozoica, se dividen a su vez en diferentes periodos, y éstos a su vez en épocas,  todos ellos referidos a etapas singulares, inmersos en procesos que requieren millones o miles de años para culminar en el siguiente salto evolutivo de la naturaleza. En la actualidad, y desde hace 12.000 años nos encontramos en el Holoceno (época reciente), que se caracteriza por el deshielo que da paso a la morfología actual de los continentes y distribuciones de flora y fauna. El ser humano se empieza a organizar en grupos sociales con asentamientos estables y comienza el desarrollo de su historia hasta nuestros días.

Pues bien, en el reciente Congreso de Geología celebrado en Sudáfrica un grupo de científicos, después de varios años de trabajo y estudios, han propuesto considerar como iniciado un nuevo período geológico: el Antropoceno, la era humana.

La Humanidad, una plaga.

Estos científicos aseguran haber identificado numerosos signos en los sedimentos de la Tierra que identifican un cambio irreversible, cuyo alcance y consecuencias son todavía imposibles de predecir. La acción del hombre ha conseguido por fin incidir y modificar la variabilidad natural de los ciclos de cambio del planeta. Por tanto, si nos atenemos a la nueva religión del capitalismo: el Big Data, la posibilidad de predecir acciones futuras de casi cualquier índole basándose en la estadística histórica (algo así como la Psicohistoria del científico Hari Seldon en el libro La Fundación de Isaac Asimov), resulta que nos enfrentamos a un periodo de incertidumbre, un futuro sin previsiones, que probablemente nos obligue a nuevos patrones de adaptación en tiempos muy cortos, en los que las condiciones cambiantes del entorno serán más rápidas que el tiempo necesario para asimilarlas.

En este próximo futuro los imponentes logros del hombre democrático: las hipertecnologías, vidas semi-virtuales, demografía desbocada, longevidad y nuevos cánones de ética y religión, deberán tratar de convivir  y sobrevivir con la nueva supernaturaleza.

La eficacia de la actual tendencia de la arquitectura verde, ecológica, sostenible o como queramos llamarla quedará completamente sobrepasada por el nuevo entorno natural modificado y cambiante. La arquitectura orgánica de hoy, hipertecnologizada muchas veces,  que se basa en los conceptos ecológicos vernaculares aplicados sobre condiciones medioambientales y geológicas conocidas, serán probablemente insuficientes en el nuevo orden natural de la era del hombre.

Si hay algo que visualizo con nefasta claridad para mis hijos, o los hijos de ellos,  es que su vida estará regida por el dios de la velocidad, la volatilidad y los números. Todos, en la cultura del desarrollo democrático, estamos ya inmersos en el rio veloz de los acontecimientos, algunos por edad hemos conseguido quedarnos en un cierto remanso, no sé si por acción propia o por desecho de la sociedad líquida, pero a ellos les toca la vorágine de una selva social que solo puede producir efímeras victorias puntuales y derrotas a medio plazo. Siempre les recomiendo que deben olvidarse de la cultura de la acumulación para mantenerse ligeros y poder serpentear los embates de los cambios que sin previo aviso les gobernarán.  Por eso desde hace ya unos años la estética de la arquitectura ha soltado sus formas, alejándose de lo estático y permanente, para hacerse fluida y en un futuro próximo también pixelada.

En esa línea me llamó la atención un artículo: “Poetas de Salamina”, de Víctor Lapuente Giné, publicado en El País con fecha 28/8/2016.

Poco a poco nos estamos olvidando del humanismo, desterrando los alcances que, junto con la introspección, tiene para alcanzar un bienestar equilibrado. Y en eso tengo la impresión que la arquitectura también se está dejando llevar en sus tendencias generales, precisamente por adaptarse al flujo irresistible de la mera tecnología y las tendencias al cambio permanente en todo lo que nos rodea, siempre buscando el éxito en la última novedad.  Da la impresión que las propuestas se está volviendo más ligeras, más light, cuando precisamente debieran ofrecernos un equilibrio que incluya también la sabiduría humanista, que refuerce los valores y el sentido de pertenencia histórica que nos permitan afrontar el Antropoceno con la sabiduría del humanismo y lo valores fundamentales, sin basarnos exclusivamente en las ciencias de raíz matemática.

Quizá el Antropoceno nos arroje al vacío de la simple sobrevivencia, y la arquitectura busque entonces los caminos de las masivas colmenas humanas, refugios de masivos nidos aéreos o celdas en la penumbra del entierro, todos ellos concentrando humanidad deshumanizada, y muy lejanas de las exclusivas y  sutiles propuestas futuristas que nos hacen soñar con los cielos de la felicidad.

futuro

Es cierto, los números y las matemáticas están presentes en toda la naturaleza, de hecho podríamos afirmar que la misma naturaleza o el cosmos son producto de la agrupación con sentido matemático de átomos y células. El problema no está realmente en los números sino en la desnaturalización del uso que hacemos de ellos, en el hecho de que hemos acentuado casi solo una visión y un uso de los mismos, y así finalmente podemos darle la bienvenida a esta nueva era geológica para seguir aprendiendo de nosotros mismos.

Posteado por: Es Cau | marzo 6, 2016

UN SIMPLE TÉ

Douglas Tompkins, el filántropo ecologista recientemente fallecido en la Patagonia Chilena,  decía con mucha razón que  “en un mundo de recursos finitos, el desarrollo no puede ser infinito”.

Douglas Tompkins

Douglas Tompkins

Necesitamos establecer una pauta de desarrollo compatible con las limitaciones de nuestro hábitat,  la imparable demografía y, ahora también,  el nuevo ciclo del cambio climático, y todo ello pasa inevitablemente por un nuevo modelo de convivencia y de ciudad.

Todo apunta a que en este puzzle que se nos viene será  precisamente el ser humano, su máximo exponente y culpable,   quien deberá actuar de comodín y mostrar una progresiva capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias. Probablemente muchos de los seres vivos se extingan con el tiempo, otros se adaptarán y quizá aparezcan nuevas formas de vida, mientras nosotros iremos ajustando nuestro cuerpo y mente a una nueva realidad mucho más artificial que natural.

Los sistemas y protocolos de desarrollo actuales, todavía basados mayoritariamente en la revolución industrial que se inició en Gran Bretaña, deberán modificarse y con ello gran parte de los paradigmas de confort, que hoy en día están asociados a la sociedad occidental, cambiarán hacia nuevos estándares que solo podrán alcanzarse mediante el acceso tecnológico al control de la realidad, lo que sin duda estará al alcance de pocos.

La tecnología de punta, la robótica, el control de la genética……, todo ello conforma el “avance” de la sociedad, y también una brecha  definitiva entre clases, la conformación de castas,  y un freno futuro a la movilidad social.

La superpoblación  y la superviviencia  obligan a una creciente industrialización de la producción alimenticia, tanto en la ya existente explotación antinatural de la ganadería y sus subproductos, como en la necesaria deforestación para la ampliación de nuevas áreas cultivables y la implantación de tecnologías transgénicas. En cualquier caso se trata de una explotación anti natura de los medios disponibles, condenando y alterando definitivamente los ciclos naturales hacia otros de mayor eficiencia basados en condiciones de desarrollo artificiales.

La ruptura está servida, el hombre se despega de la tierra y crea además brechas insalvables entre castas de acceso a la tecnología,  se aleja de su hábitat natural, que ha modificado  hasta la degradación. Necesita entonces modificar su cultura histórica de agrupamiento urbano buscando una mayor independencia de la corteza terrestre, agrupándose en colmenas que actúen como multiversos, comunidades  de climatología controlada, encerradas en sí mismas pero tecnológicamente interconectadas, mientras la maquinaria productiva robotizada sigue con la creciente y necesaria explotación de la corteza terrestre.

Sky mile - Tokio - El despegue de la tierra.

Sky mile – Tokio – finalmente despegamos

Nuestro hábitat natural será sustituido, ajustado y manipulado por la realidad virtual hasta el punto de confundirse con la propia realidad, de forma que se nos haga viable la superviviencia. Poco a poco seremos más mente y menos cuerpo físico, y con ello las necesidades y servicios cambiaran radicalmente. La movilidad física tienes los días contados frente a las posibilidades infinitas de la mente. Al fin y al cabo somos y hacemos lo que creemos estar haciendo y siendo. El futuro de la superpoblación esta en reducir los espacios físicos de consumo urbano a cambio de ensanchar la mente hacia un espacio ilimitado donde todos cabemos.

Las ciudades, la arquitectura, son y serán precursores de esta realidad. La horizontalidad será sustituida por la verticalidad, por la movilidad flotante en la atmósfera o en el espacio, o por la deriva en los océanos. Nos enfrentamos a una nueva era de megaproyectos, de colmenas autosuficentes, de propuestas de ingeniería radical y estilos de vida hipercomunicados y reducidos a mínimos espacios físicos solo ampliados de forma virtual, de climatología controlada y entornos en burbujas asépticas.

El acceso a estas nuevas urbes de menor tamaño pero más exclusivas será restringido, dividirán la sociedad entre una minoría cada vez más despegada de la realidad y una mayoría, por el contrario, cada vez más sufriente de esa realidad desechada en la corteza terrestre, solo ya parajes productivos y explotados.

Será tarea de arquitectos y urbanistas dar solución a estas dos sociedades contrapuestas y en la medida de lo posible evitar su disparidad, aunque lamentablemente parece que eso dependerá más de la clase política, los menos aptos para semejante tarea.

Hace pocos días tuve la suerte de viajar algunos días por parajes de naturaleza exuberante y comprobar como en lugares extremadamente remotos existen familias que viven casi con lo puesto. Con suerte electricidad y con seguridad solo agua de vertientes. La supervivencia se basa en el huerto familiar y algunos animales. Climatología de inviernos duros y una vida sin apenas “nuestro confort” sino el de ellos, más básico, más agreste, mucho más difícil y quizá mucho más vivido, en el sentido de contrastar que el simple hecho de vivir requiere de un gran esfuerzo y conseguirlo con cierta longevidad otorga ese raro placer de apreciar las pequeñas cosas como grandes logros.

Un simple té con el mundo a tus pies.

Un simple té, con el mundo a mis pies.

Nos sirvieron té, al abrigo de una cocina de leña, mientras por la ventana podíamos ver el magnífico paisaje del fiordo de mar perforando las montañas, y quizá en algunos decenios más, los nuevos inquilinos, puedan saborear el té vislumbrando en el último rincón del paisaje, casi al vuelo de las pestañas, como emerge la gran colmena área de tres kilómetros de altura orgullo de la naciente sociedad de realidades intangibles.

Mientras tanto yo disfruté mi té, con sorbos pausados, en un baño de naturaleza y realidad.

Posteado por: Es Cau | octubre 25, 2015

BAR.CEL.ONA

Para quien ha nacido, vivido, estudiado y descubierto la vida en Barcelona, resulta difícil dejar escapar esta oportunidad, un numero monográfico de la revista dedicado a ella,  para permitir que emergan algunos recuerdos y sensaciones de toda una época, especialmente desde esta distancia andina que me observa, a la vez que percepciones de la realidad actual.

Quizá no sea necesario, en estas páginas finales y después de todo un número dedicado a Barcelona, aportar otra opinión particular sobre su variada arquitectura, sino más bien compartir una pincelada emotiva de una ciudad que resulta en sí misma sugerente y atractiva.

Magic Barcelona

Magic Barcelona

            Hace aproximadamente 15 años escribí un artículo sobre la Barcelona de ese entonces en contraposición con aquella que viví en mis tiempos de colegio y universidad, queriendo resaltar la nueva realidad, de ese entonces, de la ciudad, ciertamente impensable durante  los años de la monotonía gris y la identidad prohibida.

            “Nuestra Ciudad Condal, la  que se mece junto al mediterráneo, tuvo en los noventa una de las metamorfosis más espectaculares de las últimas décadas, renaciendo de su pasado para ocupar un sitial dentro de la vorágine comercial y cultural que numerosas ciudades europeas se disputan. Barcelona es hoy una ciudad floreciente, llena de iniciativas, bañada por el permanente interés en el arte y la arquitectura, y muy especialmente con sus pulmones abiertos al mar, su aliado natural, su razón de ser, su alma siempre presente, que con su colorido azulado inunda las calles de sabor salino y luz aterciopelada.

Sus ciudadanos de hoy pueden por fin abrazar la ciudad, sentirla como un manantial de oportunidades y sensaciones,  un lugar que a pesar de su carácter cada vez más cosmopolita ha sabido perpetuar la historia y renovarla cada día, reinterpretando lo propio para hacerse un sitio en la vida contemporánea sin perder por ello, hasta ahora,  su sello de identidad.

La ciudad y sus conciudadanos mantienen una relación dinámica, se retoalimentan permanentemente en un proceso de intercambio que permite una estrecha cohesión entre ambos, y a la vez el crecimiento común de voluntades, propuestas y preocupaciones.

La arquitectura, representada en primera instancia por su núcleo gótico histórico, Gaudí y toda la escuela modernista, y posteriormente por el aporte Racionalista de sus arquitectos y la Escuela de Barcelona con su propuesta urbana para las olimpiadas, han sido el alma  que poco a poco ha ido transformando la ciudad, y lo que es más importante impregnando a sus ciudadanos de un carácter comunitariamente urbano, que desemboca en ese permanente interés por mejorar la calidad de vida de la ciudad mediante la herramienta urbana y la calidad de sus edificaciones públicas y privadas.

…../……

Desde esa explosión que supusieron las Olimpiadas de 1992 la ciudad fue tornándose cada vez más cosmopolita a la vez que el mundo conocido entraba en la senda de la globalización occidental.

Hubieron varios factores que lanzaron la ciudad al estrellato, pero de entre ellos la calidad y voluntad de vanguardia de la arquitectura/urbanismo de la Escuela de Barcelona fue uno de ellos, que junto con el florecimiento del diseño, la convirtieron en un destino anhelado por muchos profesionales o estudiantes, y en una marca global sinónimo de calidad creativa. En los variados países en los que pude trabajar durante esos años siempre la arquitectura catalana causaba admiración, y cierta envidia la oportunidad de haber estudiado allí.”

Looking forward

Looking Forward

Ya en una segunda etapa de internacionalización la ciudad se ha instalado dentro del club de las mejores ciudades europeas para visitar y vivir, una de las pocas que no siendo capital de estado ha entrado de lleno en la cultura de la globalización, el lujo y el consumo, su nombre suena como una “meca” mediterránea. Desde esa nueva categoría de ciudad “escaparate” los valores identitarios han empezado a difuminarse en las entretelas del mercadeo y la oferta de ocio y playa.

No es que Barcelona haya perdido su carácter, otorgado por siglos de historia y cultura catalana, sino que los caminos de hoy tienden a la homogeinización cultural y por ende, con el tiempo,  a mermar y caricaturizar las raíces propias.

Las grandes ciudades del mundo occidental, todas ellas con grandes atractivos culturales, han sufrido el embate conmovedor de la globalización, que es en sí misma una cultura transversal que tiende a generar masas homogéneas con gustos, demandas y consumos similares, que solo varían cambiándoles el fondo, ya sea el Empire State, el Big Ben o la La Pedrera. Esto se traduce en invasiones turísticas que van demandando necesidades universales y retroalimentan una nueva economía local vinculada a la transformación de algunos usos, costumbres y espacios, contrapuestos muchas veces con el carácter local.

Solo los años de contraposición de estos dos mundos de intereses dispares pueden desembocar en soluciones de convivencia, no solo para la población estable, sino muy especialmente para la preservación de la identidad cultural. La singularidad única de la ciudad se adentra en un proceso lento e implacable de estandarización común occidental, peligrando la autenticidad cultural que la sostiene.

Tenemos en Barcelona un ejemplo precoz de los parques temáticos, exponente  de la banalización de las culturas populares en virtud de una propuesta unificadora de mayor alcance,  el  “Pueblo Español”, una forma resumida de simplificar valores identitarios, mermando su individualidad en virtud de un orden mayor, de más amplio espectro, y por lo mismo menos auténtico.

Parece todavía un futuro lejano, pero conociendo las propuestas para replicar la cueva de Altamira, o algunos sectores de Venecia, en aras de proteger los originales, no parece muy lejano el día que Mickey Mouse, ataviado con montera y capote, llegue a Barcelona en olor de multitudes extranjeras.

La variada multiculturalidad, que en mis años de juventud,  se veía en las Ramblas como el espacio turístico de encuentro por excelencia, y que le otorgaba a la ciudad un espacio de singularidad única, se ha extendido hoy por un área mucho mayor y amenaza por acabar instaurando una suerte de ciudad-feria o ciudad-mall comercial, expulsando por rebalse la auténtica vida local.

A pesar del gran nombre de la arquitectura catalana, la globalización trajo también otras arquitecturas a la ciudad, y la  mayor información y disponibilidad del conocimiento instantáneo abrió las puertas a conocer de forma más accesible la excelente calidad arquitectónica contemporánea de otras latitudes. Quizá en ese sentido es posible redescubrir los valores del diseño conceptual mediterráneo de la Escuela de Barcelona, pero por otro lado también descubrir la fragilidad, muchas veces, de su resolución constructiva, que pasada la brillantez original le cuesta perdurar en el tiempo.  Las propuestas de los países nórdicos, Holanda, Alemania, entre otros, presentan soluciones constructivas y materiales excepcionalmente bien resueltos, son arquitecturas que, en mi opinión,  partiendo de la eficacia constructiva han evolucionado hacia un excepcional diseño de vanguardia, que acaba fortalecido con el adecuado funcionamiento y envejecimiento de la obra.

High Tech. architecture v/s mediterranean architecture

La arquitectura mediterránea se antoja menos técnica, pero más entregada a la búsqueda de sensaciones, el descubrimiento de lugares, la suave pátina de las sombras o el control lumínico de los volúmenes. Responde sin duda a la magia del entorno mediterráneo,  un medio amable y generoso con la vida.

Si existe alguna afirmación identitaria a la que Barcelona se debe, y en la que debe reafirmarse con toda su voluntad como garantía de preservación cultural y éxito es a la de  su cuenca mediterránea, forjadora del carácter de los pueblos que baña.

El mar es nuestra riqueza, de él surge el espíritu de nuestra cultura, y por tanto a él nos debemos más allá de los intereses comerciales de la globalización.

Ante todo somos mediterráneos.

Posteado por: Es Cau | julio 29, 2015

¿PUEDE HABER ALEGRÍA EN ESTA TRISTEZA?

Hace apenas un mes falleció mi hermana, la única que tenía y tendré, un pilar que me sostuvo muchas veces. Desde entonces para opacar este dolor trato de buscar un atisbo de alegría dentro de la tragedia. Una alegría que no se base en la resignación a supuestas nuevas vidas iluminadas, sino sustentada en la realidad tangible de la extraordinaria persona que fue y la vida que nos regaló.

Aun así, se me resiste esta alegría.

Los momentos familiares que no vivirá o el fruto de su esfuerzo y trabajo de todos los días que no conocerá, me impiden focalizarme en su pasado vivido y, por el contrario, le otorgo ahora más valor al potencial perdido del futuro.

Paso a paso.

Paso a paso.

Tendemos a dimensionar la partida de los seres queridos en función del vacío que dejan en cada uno de nosotros, y lo hacemos menos en la verdadera tragedia de una vida truncada, su vida, a la que dedicó con tesón todas sus cualidades. Hacia ella debemos apuntar nuestra tristeza, despojándola de nuestro “yo”, y desde ahí buscar algún trazo posible de alegría.

La muerte, inexorable para todos los seres, es el gran interrogante de la vida, y lo es por esconder por milenios lo que hay detrás de sus límites.

Desde el origen de la formación primitiva de la conciencia, en el incipiente reconocimiento del yo, nos hemos obsesionado por aquello que era inexplicable, y hemos buscado sus  respuestas en lo incuestionable.

Desde la bidimensionalidad del hombre primitivo y su dios sol, pasando por el miedo al pecado y el castigo divinos de la edad media,  la tridimensionalidad espiritual del hombre renacentista, hasta los tiempos de hoy, hemos tratado de ablandar la muerte como la frontera hacia una nueva vida, basándonos en creencias religiosas, introspectivas y, últimamente, cuánticas.

De todo este largo proceso de cientos de años lo que de verdad nos queda es la espiritualidad, el reconocimiento de intuirnos trascendentes en conexión con la energía del universo. Cada vez comprendemos más y mejor, y descubrimos que nuestro mundo singular no es el centro de las infinitas casuísticas que esconde el secreto del cosmos, y que nuestras dimensiones son apenas incipientes.

Empezamos a creer, los unos y los otros, que esta frontera empieza a revelar tímidamente algunos secretos sobre la posible existencia de un flujo continuo de vida, o de conciencia, o de energía.

La inmensa decepción de perder la vida encuentra consuelo en valorar y celebrar la calidad humana de quien nos deja. Nuestra fragilidad se hace inmensamente presente en estos momentos, nos muestra una realidad que se esconde en ese día a día vertiginoso, lleno de quehaceres, donde nos engullen la velocidad y el consumo. El apego a la materialidad y a la vanidad nos impide vivir pausas de silencio para aprender a mirarnos y dimensionar lo que pasa a nuestro alrededor, ypara decidir entonces como queremos vivir esta magnífica oportunidad.

Cristina se fue en un segundo, sin quererlo ella. A todos nos ha invadido una profunda tristeza, hemos destacado su extraordinaria calidad humana, algunos se han consolado con su nueva existencia luminosa, otros con las teorías de seguir perteneciendo a esa energía que ni se crea ni se destruye, o a su reconversión hacia nuevas dimensiones o reencarnaciones.  Otros nos hemos apenado pensando en lo mucho que todavía la vida le tenía que mostrar y cómo ella lo habría recibido generosa.

Así pues, la única alegría que puedo rescatar dentro de esta inmensa tristeza reside en saber que tenía la conciencia clara de vivir la felicidad de su presente, y nos dejó por tanto en plenitud con ella misma. Cristina era una persona feliz con su vida, la vida que fue construyendo paso a paso con los suyos y los que la rodeaban, y nos hacía felices a muchos. Sabía con extraña certeza que el único tiempo que vivimos es el presente instantáneo de cada momento, y que la felicidad solo puede vivirse y compartirse desde ese tiempo que es la sucesión de presentes. Es por eso que vivía con esa  plenitud que nos permite ahora, en este instante, encontrar una chispa de alegría, porque sus 57 años los vivió con paz y profundidad, amando a los suyos y repartiendo entre todos nosotros, familia y amigos, sus enormes cualidades.

Por una vez que el recuerdo sea una sonrisa.

Posteado por: Es Cau | abril 19, 2015

AQUIETAMIENTO

Cuando era joven, de tanto en tanto, solía ojear el diccionario en busca de palabras desconocidas que me descubriesen el mundo oculto detrás de la composición de sus letras y el sonido de sus fonemas. Me llamaban poderosamente la atención aquellas que con su sola pronunciación podían describir de forma presente o potencial,  acciones, estados o tiempos. Palabras sujetas de alguna forma al movimiento físico o imaginario, pero siempre en relación a la capacidad del cambio que las acciones pueden provocar en el cuerpo y especialmente en la mente.

El diccionario era finalmente como un laberinto, un circulo infinito tras la búsqueda de la palabra perfecta, aquella capaz de sorprenderme conjugando un sonido delicado con un significado interesante y a la vez sugestivo. Aparecían así palabras increíblemente bellas, como “escafandra”, “apocalíptico”,”íctus”,…: y con todas ellas por algunos segundos trataba de abrir caminos de transición hacia su significado.

De entre todas, muchas fueron quedando gravadas en los entresijos de mi memoria buscando el momento en que con mis acciones de obra o pensamiento pudiese apropiarme de su significado y vivirlo en plenitud. Una de ellas, que en estos años de cambios inesperados he recordado con mayor asiduidad, ha sido “aquietamiento” (aquietar).

“Aquitamiento”,  me resulta una palabra interesante por cuanto en ella misma se establece a la vez  una acción, la del proceso de aquietarse,  y la potencialidad de un estado mental final contrapuesto al inicial, la quietud. No es válido el aquietamiento sino existe una quietud posterior  que lo justifique; por tanto en su significado existen tiempos diferentes.

Podríamos interpretarla como descriptiva de un proceso que casi simultáneamente expresa el tiempo en dos versiones, el que resulta de la acción a una velocidad determinada y el que exento de la misma transcurre sin embargo acompañando la quietud alcanzada.

Pronunciar “aquietamiento” nos da la oportunidad de imaginar simultáneamente ambas situaciones opuestas y ligarlas en una consecuencia de acciones que nos lleva a comprenderla en plenitud, y finalmente utilizarla apropiadamente.

Aquietarse es un proceso que cuerpo y mente utilizan para enfrentarse a determinadas acciones físicas o mentales. Podemos entenderlo, entonces,  como un portal desde el que trazar diversos caminos posibles que solo se nos ofrecen desde la condición de la calma interior alcanzada. No es, a mi entender, una palabra que solo describa una acción física sino que es más bien descriptiva de un cambio mental, que pasa desde un régimen convulso a uno de claridad en el silencio, nos acerca a un estado de meditación y podemos entonces valorarla desde la profundidad y alcance de nuestra imaginación.

Con algunos lenguajes de la arquitectura se pueden alcanzar similares sensaciones, siempre ligadas a las percepciones particulares de cada uno, pero no por ello exentas del valor de esa capacidad para generar emociones. Las proporciones, el movimiento de lo estático, la volumetría de la luz, el espacio socavado, los recorridos visuales, las vistas adivinadas, las dobles pieles…..en definitiva un submundo de intenciones explicadas desde la teoría, a veces acertadas y otras destrozadas por la evidencia y contraposición de lo cotidiano y simple.

La teoría de la arquitectura acaba muchas veces contrapuesta a la naturalidad de las propuestas que surgen de la simbiosis entre naturaleza, lugar y cultura, y las que desde su simpleza evidencian el error de los que pretenden conceptualizar cada propuesta, armando teorías muchas veces posteriores a la propia obra.

Las casas se pueden pintar de cualquier color siempre que sea blanco.

El blanco, para los occidentales mediterráneos, tiene esa cualidad lumínica que lo hace inigualable, pero su valor más profundo es la cercanía con la pureza de lo simple y la esencialidad mínima. Dota a las obras de una especial fuerza que se visualiza mejor  desde  las formas iluminadas y contrastadas, desnudas de otras intenciones que no sean las de generar espacios en positivo y negativo, juegos de entrantes y salientes, sombras, rincones intermedios, espacios en definitiva de diversa índole para cobijar o resguardar diversas actividades sociales o individuales.

Para oriente, sin embargo, la esencialidad de la arquitectura está en captar el enigma de la sombra, las pátinas perladas de los materiales y la penumbra del espacio vacío. Es un lenguaje menos frontal, que deja más a la interpretación, al descubrimiento y especialmente a la intimidad. Son arquitecturas pensadas para un viaje introspectivo, que se inundan de calma y silencio, muy lejos de la velocidad y el marketing occidental, que tiende a la simplificación de los contenidos para ensalzar los brillos y oros de lo superfluo.

El blanco, junto con el vidrio como material, representa mejor que ningún color la modernidad en términos occidentales, esa modernidad perfectamente representada por las prístinas, especulares  y transparentes tiendas de Apple, donde poco a poco se va transmutando la sociedad hacia un nuevo orden atomizado de individuos,  perdidos en su propio yo,  para los que la arquitectura todavía no ha encontrado un modelo que los represente.

Apple Store

¿Deberíamos los arquitectos aprovechar el egoísmo del yo para buscar nuevos espacios representativos de la sociedad del ego, o debiéramos luchar otorgando por el contrario diseños para reeducar en la vida social entorno al fuego? ¿Somos aun individuos rescatables para una vida en común, o estamos ya abocados al individualismo creciente?

La nueva arquitectura podrá buscar en la atomización de los espacios y usos, relativos a la individualidad del ego, sus nuevas raíces para reclamar un puesto en la avanzada vanguardia del deconstructivismo, o volver la vista atrás en un proceso de “aquietamiento” para repensar el trayecto y rescatar al hombre, su relación con el entorno y los procesos naturales de los que, inequívocamente, somos parte.

Espacios para el “yo”

Algo debiéramos ser capaces de aprender del oriente aún no occidentalizado, necesitamos un momento de calma, un remanso que nos distraiga por un instante para analizar cómo hemos mutado del hombre al ego, perdiendo la proporcionalidad  y la escala social.

Quizá sea el momento de “aquietarse” y repensar el camino.

Posteado por: Es Cau | enero 3, 2015

LA SIMPLE ESENCIA

Cuando entro en una librería especializada me sorprendo muchas veces ojeando libros o revistas sobre arquitecturas residenciales mínimas. Debo admitir que me causan cierta fascinación y me empujan siempre a desear algún encargo dentro de esa línea, al igual que la arquitectura de containers marítimos, aun siendo  algo diferente por su carácter móvil y modular.

En la infinidad de proyectos publicados que pueden encontrarse en ese ámbito me atraen especialmente dos tipologías, por un lado las emblemáticas viviendas urbanas mínimas japonesas y,  por otro, los “tree-houses” que de alguna manera forman parte del imaginario que cualquiera tuvo de niño.

Lo que me conmueve  de las propuestas japonesas no es tanto el fino diseño mobiliario pensado para el mejor aprovechamiento de cada lugar y uso, sino la comprensión esencial que ha de regir el proyecto desde su génesis y que lo impregna todo. Contrariamente a lo que la lógica pareciera indicarnos para tratar de aprovechar el espacio el máximo, esto es “ocupándolo” y “estresando” su capacidad,  las propuestas japonesas van casi siempre en la línea contraria, la de liberalizar el espacio para que su vacío inunde el interior y entregue esa sensación de amplitud tan característica e inesperada de estas viviendas.

No podemos dejar de darle cierto crédito a la distorsión de los ángulos fotográficos, pero aun así siempre acabamos pasando páginas y confrontando las vistas exteriores del volumen mínimo con las interiores de generosa amplitud, y preguntándonos a la vez: “¿cómo cupo un espacio tan holgado dentro de una geometría  tan ajustada?”.

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Además de la valentía y buen hacer del arquitecto, la respuesta está en pensar el proyecto desde la concepción del “menos es más”. Menos espacio útil y más espacialidad, resulta finalmente en mayor calidad de vida interior, menor sensación de encierro y mucha más luminosidad. Los espacios libres se duplican, triplican o cuadriplican en altura, y se acaban convirtiendo en una espacie de oruga de vacío y luz que excava el interior. El proyecto no puede entenderse desde las plantas sino desde el tratamiento del vacío, y cómo éste va moldeando cada uno de los pisos, generándose conexiones visuales, lumínicas y espaciales en todas las direcciones.

Es un juego de sensaciones y expectativas. Los espacios blancos, prístinos, casi transparentes, con alturas que miran por sobre otras, tratamientos de luz que rebotan e inundan los rincones, ventanas que enmarcan vistas estudiadas y puntos de vista fugados, acaban por inundarnos de sensaciones sorpresivas e inesperadas, que diluyen el limite físico del espacio posible hasta el punto de casi desaparecer.

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Algunas de las propuestas son auténticos ejercicios de imaginación geométrica en los que las formas aparentemente caprichosas del volumen exterior, responden a la búsqueda de determinados espacios interiores y/o a la relación de éste con las normativas y restricciones aplicables. Muchas de ellas ofrecen imágenes fotográficamente muy atractivas y con resultados que  a nadie pueden dejar indiferente sobre las posibilidades que el diseño de excavar el vacío puede otorgar.

La culminación final, consecuencia absolutamente lógica y obligatoria para no romper el compromiso minimalista que no solo invade el proyecto sino la vida de sus inquilinos, es la plaza de aparcamiento ajustada para un vehículo mínimo de diseño (mini, vw beetle, fiat 600..), deseo de culto para maximizar y potenciar hacia el exterior el espíritu de la propuesta. No es solo una casa pequeña, es la proyección de un estilo de vida que minimiza lo superfluo y se centra en lo estrictamente necesario, pero eso sí, con diseño, para llenar el espíritu.

En cuanto a la segunda tipología, los tree-houses, me atrae especialmente esa simbiosis entre la propuesta, el árbol y su entorno. Pareciera en realidad la contraparte de las casas minimalistas tecnológicas japonesas, son soluciones que en su mayoría buscan relacionarse con el entorno y fundirse de alguna forma con la significancia natural de los árboles, el bosque y la vida que contienen.

Por lo general  los ejemplos más comunes están basados en la referencia infantil de la “casita elevada”, con toques infantiles o similitudes con el mundo imaginario de los hobbits, pero existen excepciones sumamente interesantes en las que sin perder la esencia del escondite elevado y en sintonía con el bosque, proponen soluciones en las que el espíritu no se enfoca en “el estar” sino en las sensaciones que se consiguen “del estar”. Igual que en las viviendas japonesas es necesario que el proyecto interiorice desde su comienzo la dificultad matemática de la sensación que el espacio interior sea aparentemente mayor al volumen exterior, en las Tree-Houses la esencia consiste en potenciar con el diseño de un ínfimo espacio las posibilidades que el lugar excepcional nos propone.

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Cambiar el punto de vista es un ejercicio interesante y sano, nos ayuda a visualizar los diferentes enfoques posibles  de una misma situación y a descubrir realidades insospechadas. Es uno de los pilares de la meditación, el saberse ver y desde ahí poder entender la realidad sin el sesgo del “yo”. Eso es precisamente lo que deben potenciar y conseguir los proyectos de Tree-Houses, efectivamente abocarse a impregnar la propuesta de esas sensaciones que posibilitan un punto de vista privilegiado y único. No se trata de dormir en un árbol, sino de visualizar y entender el bosque, su entorno y su vida desde ese lugar, sin duda muy diferente al habitual.

El espacio exterior es aquí el punto de partida, el eje sobre el que ha de girar el proyecto, el que desde un centro ha de saber, o expandirse hacia el exterior para buscar ese mar de sensaciones que se nos ofrecen, o bien recluirse hacia el interior a sabiendas que el entrono permite la introspección y el aislamiento.  Son, contrariamente a lo que parece,  siempre proyectos expansivos, pensados para actuar como vigías y espectadores de aquello que el entorno nos presenta, o como punto de partida para expandir las búsquedas de la mente.

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Ambas tipologías me conmueven precisamente porque desde ángulos diferentes y  casi opuestos,  proponen soluciones que encierran grandes sorpresas y obligan al arquitecto a cuestionarse el proyecto desde el reino de las sensaciones  más que desde la rutina de la utilidad.

El universo de lo pequeño está lleno de propuestas que ejemplifican vastamente, especialmente para quienes están estudiando,  la significancia de las ideas-fuerza, aquellas que con un simple gesto resuelven la totalidad del proyecto dejando el resto a meras resoluciones constructivas y decisiones utilitaristas. La claridad y simpleza de estas propuestas son la antítesis de aquellas que por ser proyectos de mayores dimensiones se sienten en la obligación de llenarse de diferentes criterios, gestos y materiales, y razones que los justifiquen. La arquitectura no siempre necesita llenarse de propuestas, le basta con escoger una opción y solucionarla brillantemente, de forma que idea, construcción y uso se fundan en una sola lectura.

Posteado por: Es Cau | noviembre 8, 2014

IMPERMANENCIA

Según la filosofía Zen permanecer es: “mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad”, y lo impermanente es: “la incapacidad de la realidad de mantenerse en un mismo lugar, estado o calidad”.

El cambio como capacidad para alterar y pertenecer al paisaje

El cambio como capacidad para alterar y pertenecer al paisaje

La arquitectura ha apostado mayormente por la solidez y la permanencia, basada en una concepción estática de los acontecimientos, que van modificándose solo al paso del recambio generacional.

Las obras son así atemporales salvo por los rasgos de estilo, moda y tecnológicos propios de cada época, y aun así, algunas, permanecen vigentes en las miradas retrospectivas. Hasta ahora la arquitectura ha sido por encima de todo “permanente”, es decir, ha querido “mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad”.

Sin embargo en esta nueva sociedad que nos engulle desde que la velocidad se ha adueñado de todo, donde los cambios que antes eran generacionales ahora son ajustes sin valor de tiempo y constantes, se requiere de una transformación en la forma de entender los espacios que nos cobijan y que dan uso a todas las actividades “impermanentes” de la sociedad líquida.

El poder evocador de un paisaje es tan cautivante como la contemplación del fuego, y su secreto no es otro que el cambio, la impermanencia de la sumatoria de sus elementos, la modificación constante de sus variables.

Con los pies por delante y la espalada reclinada sobre una tumbona oxidada puedo disfrutar de un paisaje amplio y profundo en el que participan una infinidad de contrastes. Me apresto a tratar de conseguir un registro completo y simultaneo de lo que está pasando en un instante preciso. Focalizo la cercanía de lo que tengo al alcance de la mano y a la vez lo extremadamente lejano que vislumbro como manchas desdibujadas, incorporo los pliegues laterales del paisaje que se forman en la oblicuidad lateral de mi vista, y lo reconstruyo todo junto con la centralidad de la visión primaria para fotografiar la instantánea del momento que ya pasó.

El paisaje vivo y el fuego existen desde la impermanencia de sus elementos. Son una cadena de acontecimientos que se reformulan cada segundo, y cada segundo es un nuevo escenario, estableciendo un magnetismo visual incapaz de encontrar un parámetro o un ritmo que nos permita dominarlo.

El constante desguace de la olas sobre la orilla, con la cadencia de un movimiento en esencia repetitivo pero en lo particular significativamente diferente cada vez, el deslizamiento de las nubes con ordenamientos aparentemente caprichosos o la percepción del aire a través del viento como un fluido que lo sumerge todo, nos muestra la vida como una constante de movimiento y cambio. Nada es para siempre, lo único permanente pareciera ser precisamente la impermanencia de la cosas en el continuo de la vida, la tendencia natural hacia la entropía, el caos, el desorden.

Giro la vista hacia un volumen blanco, la única muestra de arquitectura que se asoma en el recodo de un bosque de pinos,  es como un espectador, y me pregunto: ¿cuál es su capacidad de adaptación a un paisaje en constante e instantánea mutación?, y,  ¿cuál es su papel activo y participativo dentro de este escenario de velocidad y transformación?

La naturaleza esencial de cada actividad o materialidad le otorga una capacidad de adaptación frente al cambio, ya sea por evolución o por desgaste. Nuestra arquitectura, en el sentido generalizado, ha querido ser permanente en su función, duradera en su materialidad, y adquirir las propiedades de un sólido indestructible capaz de mantenerse en pie durante siglos. En el paisaje ha querido ser roca, solo alterable por el desgaste de sus materiales, y por tanto su presencia en el movimiento del entorno, bajo los parámetros de nuestro ciclo de vida generacional,  es testimonial y pasivo.

Esta solidez constructiva, representada fielmente en el hormigón armado, ha sido siempre una referencia desde los castillos medievales de piedra hasta hoy, y entendida como aquella construcción que quiere perdurar en su estado y concepción originales.  Es la arquitectura del refugio, el cobijo del hombre frente a su entorno.

Hoy en día, y en las sociedades que vienen, el concepto de “durabilidad” está mucho más ligado al de “adaptabilidad y transformación” y mucho menos al de fortaleza inexpugnable que puede permanecer por generaciones. Ya no se requiere de castillos sino de diseños y construcciones que alberguen las necesidades de una sociedad impermanente, cuya concepción del “cobijo” se encuentra en los espacios que saben adaptarse a la metamorfosis de las necesidades, y sean en consecuencia cambiantes a la misma velocidad.

Quien se anticipa y se adapta es quien subsiste,  esta realidad es ya antagónica con la arquitectura tradicional, la misma que aparece en mi  paisaje como un elemento pasivo, casual, que no es participe activo de los cambios que de forma constante se producen, y que son los que precisamente conforman la realidad de cada segundo.

La arquitectura debe acompañar al individuo y a la sociedad en su viaje de transformación, y contribuir activamente, no solo en crear espacios según las diferentes exigencias que van apareciendo, sino también en participar activamente de la propia génesis del movimiento de las sociedades. Debe entonces sufrir un cambio radical de concepción y materialización, para pasar a ser una variable capaz de adaptarse al modelo y al entorno en tiempo real.

Es obligada la fusión entre física y arquitectura para controlar la naturaleza de los materiales y modificar su esencia, y con ella la naturaleza de los espacios que conforman,  de acuerdo a las exigencias que regulan la impermanencia de la sociedad líquida en que vivimos.

Todo esta condicionado por el movimiento, hasta lo más estático

Todo esta condicionado por el movimiento, hasta lo más estático

Volviendo, por última vez, a nuestro paisaje, la  arquitectura ya no aparecerá como un volumen prístino y estático sino como una mancha pixelada en constante movimiento, al unísono con el oleaje, el vuelo de las nubes o una lluvia de verano. La arquitectura no solo se adaptará y fluirá con  el entorno sino que permitirá una relación más directa de éste con sus inquilinos y de éstos con sus realidades y percepciones, y será entonces, la arquitectura,  parte  activa y receptiva de la realidad cambiante dentro del fotograma que hagamos de cada momento preciso.

Nos acercamos a una arquitectura pixelada, borrosa, dinámica, sin límites exactos, sin usos predefinidos, vulnerable a los sentidos, sensaciones y sentimientos,  impermanente.

Posteado por: Es Cau | julio 5, 2014

CONCIENCIA Y ARQUITECTURA

Sin darnos cuenta el amplio halo del trabajo y las responsabilidades van atrapando, poco a poco, entre suspiros y lamentos, la vasta geografía de las emociones. El ciclo diario, mayoritariamente enfocado en la productividad para la sobrevivencia nos encierra en esas dos dimensiones de los mundos planos, contenidos por bordes definidos, estructurados por reglas sociales y movimientos predecibles, que acaban transformando el trabajar, pensar o amar, en piezas de un rompecabezas imposible y, finalmente, el vivir en un velo transparente, un visillo de poco peso específico.
Ese peso específico que consiste en la retroalimentación creativa que proviene del balance entre las distintas aristas y diferentes cauces que nos proponemos desarrollar en torno a un eje conductor de vida, y que se diluye, hasta casi desaparecer, presa de la liviandad material y las promesas de una felicidad fácil de obtener.

Sin embargo en muchos casos, para la gran media de la sociedad occidental desarrollada, para ese mar silencioso de masas que cada mañana recorre las ciudades con un bostezo en la garganta, la edad nos da una última oportunidad para hacernos las preguntas correctas y tratar de buscar las respuestas adecuadas que nos permitan alcanzar a comprender esa energía que somos y que nos espera en algún recodo cercano.

Después de la adolescencia, perdimos la capacidad por cuestionar sin motivo todo lo que nos rodeaba, perdimos parte de la imaginación y creatividad que surgen con la inconsciencia, y pasamos a resumir nuestros interrogantes y a buscar soluciones solo como consecuencia de razones técnicas y realistas, condicionadas mayoritariamente por visiones mercantilistas y económicas.
En los incipientes años otoñales vamos recuperando, al fin, la capacidad introspectiva que nos empuja a volver a cuestionarnos desde una libertad ganada. La sociedad líquida empieza a desecharnos como bienes de consumo y con ello nos devuelve la oportunidad de la imaginación creativa…….y lo hacemos!

“El Todo es Mayor que la Suma de sus Partes”

Tengo la impresión que durante todo ese periodo profesional de personalidad ambiciosa, de éxito o fracaso, de especialización exacerbada, hemos alimentado un profundo desequilibrio emocional. Los rasgos de la permanente especialización técnica que la sociedad nos impone, han ido mermando y arrinconando la esencia fundamentalmente humana de cada uno, y con eso ahogando la comprensión del sentido de las cosas y su real trascendencia.

La educación occidental es cada vez más técnica, mas matemática y menos humanista, pero lo es, porque, en su obsesión técnica, en su tangencialidad por las preguntas fundamentales, en su servilismo al consumo materialista, no consigue articular las vastas comuniones que potencialmente existen entre tecnología, ciencia y humanismo, y no consigue por ende educar en la plenitud necesaria para el equilibrio holístico del conocimiento.

Hoy, los últimos avances cuánticos están convirtiendo a los físicos, llenos de preguntas introspectivas, en los nuevos filósofos capaces de congeniar ambos mundos, y devolvernos a un pensamiento más universal y equilibrado de la potencialidad del hombre.

Hace ya muchos años la arquitectura me regaló, como a todos los arquitectos, el privilegio consciente de la tercera dimensión, y desde ese abismo podemos trashumar por finas fronteras de equilibrios, buscar pausas y analizar el sentido de nuestra profesión, desde donde enriquecer la arquitectura como una necesidad social, pero también y sobre todo como expresión cultural.

Quizá ese sentido permanece hoy en las obras más pequeñas y apartadas, las que se descubren al girar sobre un paisaje inesperado, y que con un simple gesto lo enriquecen y se funden con él.

Me gusta pensar en algo así como una arquitectura de la conciencia, aquella que no puede ser solo la suma, aún con maestría, de las diferentes partes físicas que la componen, o la correcta y estética superposición de argumentos técnicos demostrables, sino la que conservando todas esas virtudes consigue además engendrar un vínculo con nuestra conciencia que la hace unitaria en un solo propósito. Es el intangible que hace a la obra “humana”, conectada con la experiencia consciente del hombre en la percepción de sus emociones, en el reconocimiento de sus raíces culturales, y enriquece su difícil cotidianidad.

La obra proyectada se conecta así con el individuo, no solo para dar solución a sus necesidades  domesticas de sobrevivencia, sino también para entrar, al menos, en el margen de las emociones, posibilitando una relación mucho más profunda con el entorno, cuyas enormes posibilidades están aún por descubrir.

No hay duda que la arquitectura debe aún superar muchas barreras, pero su destino ha de ir de la mano de las investigaciones técnicas, pero también humanistas, que por un lado nos sitúan en una realidad de infinitas probabilidades simultáneas y por otra entrelazan esta realidad con la conciencia de cada individuo y su poder de observación como piedra angular de los acontecimientos.

Somos Observadores.

Somos Observadores

Así como la física de las partículas subatómicas demuestra la importancia del observador para construir la realidad, también la arquitectura del futuro entrara en el mundo borroso de las probabilidades y su conexión con la conciencia. El hombre pasará de nuevo a ser el centro del origen del proyecto y todas las soluciones técnicas giraran en torno al hecho fundamental de una arquitectura por y para él, por y para la sociedad que desde ahí se deba construir.

 

 

Posteado por: Es Cau | abril 16, 2014

ARQUITECTURA LÍQUIDA

Desde hace ya bastante tiempo la imposición de la velocidad como regulador y condicionante fundamental en casi todos los aspectos de nuestro estilo de vida,  un estilo que no escogemos sino que nos engulle, ha estado presente en muchos de mis comentarios y artículos, tanto en esta revista como en mi blog.

La búsqueda de remansos que nos permitan observarnos y readecuar nuestra identidad de acuerdo a valores íntimos es una tarea compleja en la vorágine de la sociedad moderna líquida, pero resulta finalmente en una consecuencia inevitable, al menos en el último tercio de nuestras vidas.

Zygmunt Bauman nos ofrece un estupendo libro, “Vida Líquida”,  donde expone con absoluta crudeza el retrato de la sociedad occidental consumista en la que no encontramos inmersos, hasta el punto de ser esta condición  quien regula el desarrollo y nos ha convertido así mismo en bienes de consumo desechables.

Según Bauman en esta sociedad moderna líquida no hay tiempo para la consolidación de los hábitos o los logros en rutinas o bienes duraderos. La constante velocidad del cambio permanente despoja de valor cualquier logro personal o material, que inmediatamente pasan a ser pasivos y desechables. Sin valores referenciales  la sociedad moderna liquida queda abocada a un estado de permanente cambio, y sus miembros condenados a una vida líquida, insustancial, en la que acaban siendo devorados y desechados como bienes de consumo. Nadie puede, aun queriendo, seguirle el paso al ritmo que se nos impone desde el consumo, y acabamos en algún remanso tratando de ordenar nuestra vida en torno a un eje centralizador que nos devuelva la calma mientras le perdemos la pista a la punta de lanza de las últimas tendencias y exigencias del marketing social. Pasamos entonces a ser desechos y a perder parte de nuestra identidad social, pero empezamos a recuperar nuestra identidad íntima.

Aquella máxima anarquista de mis años de universidad que decía “paren el mundo que me quiero bajar”, se ha tornado en lo contrario, es la sociedad líquida la que nos desecha una vez consumidos.

agua

Un remanso de la velocidad líquida

Me pregunto si existe también una arquitectura líquida.

La construcción como motor del crecimiento es una de las piezas claves del consumo, tanto en su propia escala como principalmente en la referente a todo aquello que mueve de forma subsidiaria.  La arquitectura y el diseño son solo una parte, que podemos aislar, del inmenso volumen de la industria de la construcción, sin embargo, a mi entender, es precisamente este eslabón el que más cercano esta de la creación artificial de necesidades y tendencias de consumo.

Efectivamente el diseño, la cambiante forma de entender y vivir los espacios, los nuevos materiales ligados a estéticas o usos novedosos, la  propuesta de nuevas  formas relacionadas con cada moda pasajera, el cambio de texturas o colores según tendencias,  la incorporación de pieles tecnológicas,  en definitiva la evolución y marketing de propuestas de diseño aplicadas a la arquitectura generan un universo de nuevas necesidades ajustadas a una demanda artificial, alentada por la venta de expectativas y estatus,  de una sociedad que necesita del consumo para subsistir.

De entre la arquitectura diseñada es posible destilar aquella que responde a un perfil líquido, es decir la que no aporta en sustancia  nada nuevo más que la de generar expectativas de supuestas mayores libertades y logros tecnológicos per sé, que se corresponden con una globalización poco equitativa y confusa.

Esta nueva sociedad ha conllevado la aparición de una arquitectura híbrida, aquella que podemos definir como libre de todo condicionamiento, que goza de una libertad “librepensante” global y huye de las seguridades que nos dan los valores convencionales. Esta nueva arquitectura, solo al alcance de unos pocos, persigue en forma permanente la última osadía posible, no recala en circunstancias históricas, sociales o geográficas,  no se ancla a ningún valor referencial, sino que actúa de forma global y atiende solo a sus necesidades de forma, capricho y autocomplacencia, persiguiendo una luz de perfección inalcanzable y variable a cada instante. Sus proyectos son desechados una vez construidos o incluso antes, por las nuevas propuestas que surgen con  la misma superficialidad y antojo. Son obras despojadas de cualquier valor de permanencia  y ligazón con la sociedad o cultura a la que sirven, o a su entorno geográfico. Es la arquitectura instantánea de la impermanencia,  la más desechable de todas, la que pierde su valor en el mismo instante en que deja de ser novedad porque en el otro lado del mundo aparece otra propuesta cuyo único valor es precisamente esa novedad robada.

Quiero creer que existe un sabio y difícil equilibrio entre la búsqueda de mayores libertades y la seguridad que dan los valores tradicionales, aspectos estos contrapuestos y a la vez complementarios. Las revoluciones del pensamiento arquitectónico, surgidas de la osadía y la ruptura, nunca han estado exentas, en su naturaleza íntima, del reconocimiento a los valores culturales tradicionales de cada sociedad. Ha sido, desde mi punto de vista, esta dosis de seguridad implícita y de respeto humanista la que ha permitido permear  y arraigar los nuevos movimientos  en la sociedad. Aún desde su revolución, los nuevos movimientos arquitectónicos respondían a un interés común y social, que les permitía arraigarse y condicionar el  nuevo desarrollo en virtud de un bien mayoritario.

La nueva arquitectura híbrida forma parte de una sociedad excluyente, solo accesible para la casta más alta dentro del consumismo, la que trata desesperadamente por mantenerse en esa cabeza de supuesta libertad y es automáticamente consumida y reemplazada en el infinito camino de las expectativas permanentemente insatisfechas.

La nueva arquitectura híbrida deviene en una criatura repleta de formas caprichosas, inquieta, absolutamente globalizada, que toma el mundo como un único espacio sin identidades diferenciadas, y por sobre todo, volátil. Es la arquitectura de la velocidad, del consumo insatisfecho, de las expectativas inalcanzables.

Resulta difícil diferenciar los valores esenciales del diseño arquitectónico para aislarlos del mero consumo, pero si tuviese que adivinar creo que mi elección estaría muy cercana al aspecto medular de la arquitectura vernácula,  que en síntesis sabe reconocerse  desde la cultura y el entorno geo-climático de su lugar de origen e historia, priorizando al hombre como el eje fundamental de su  razón de ser.

La arquitectura líquida gira en torno a su propio narcisismo y basa su existencia en tanto el hombre como un bien de consumo en sí mismo.

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