Posteado por: Es Cau | marzo 22, 2009

Acabo de llegar

Hace unos días puse a prueba mi equilibrio. Me situé en el borde de la terraza de madera con los pies asomados, y poco a poco me fui desplazando hacia la esquina inmediata buscando la menor superficie de apoyo posible.

Era un día claro azotado por el viento salado, de esos en los que la visibilidad deja ver los pliegues de las olas y la transparencia adelgaza las distancias. Desde mi fragilidad asentada en la ultima geometría de mi apoyo, fui subiendo los brazos, hinchando el pecho, acomodando mi figura a la presión del viento, cerré los ojos y escalé tratando de reducir al mínimo mi apoyo. De puntillas, mis dedos, como anclas, me impiden un vuelo completo, mientras la mente se deja llevar a un vacío sensorial ingrávido.

Aun con los ojos cerrados el paisaje se reproduce completamente, la piel erizada por una mano alada, el aterrizaje del sabroso calor del sol, la luminosidad aclarando los parpados, el estruendo de las olas y el suave desliz de la espuma sobre la arena como una cueva de sonidos, todo ello dentro de una pausa, un oasis de calma, solo con el paisaje y abrazado a sus regalos.

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