Posteado por: Es Cau | abril 18, 2010

EL POTALA Y LOS ENCHUFES

Siempre andamos mirando al futuro, haciéndole poco caso al pasado y a los logros que en él se consiguieron.  Personalmente siento que esto se ha ido acentuando con el vertiginoso despegue de la tecnología, que nos ha situado en una realidad  que se distancia rápidamente del presente y exponencialmente del pasado. Vivimos en el futuro.

Hace ya bastantes años que la arquitectura está dominada por la tecnología y la innovación, basándose la mayoría de las veces en reinterpretar diseños conocidos y probados, con el valor agregado de los nuevos materiales. Sin embargo, hace solo pocos años que esta tecnología se ha puesto al servicio de solucionar inteligentemente los edificios y adecuarlos a sus realidades geográficas, algo que ya la arquitectura popular, por otros medios, había resuelto admirablemente.

El error estuvo en el derroche de energía que invadió la modernidad en los 50´s y 60´s instaurando una línea de desarrollo y estilo de vida que hoy en día son insostenibles. La arquitectura desarraigada de su contexto y realidad climática,  referenciada en las torres de cristal que admiraron e invadieron el mundo, son una de esas pesadillas en las que el consumo energético es un derroche imprescindible para hacerlas habitables.  Igualmente la masificación de la vivienda popular, basándose únicamente en las economías de la urgencia política y los costos de construcción y no de uso, son una lacra de soluciones  pesimamente diseñadas que no pueden igualar, ni de lejos, los niveles de confort que por generaciones entregó la arquitectura vernácula, propia de cada lugar y a bajo costo.

En Beijing, probablemente una de las capitales con mayor profusión de edificios de vivienda popular bajo arquitecturas por decreto, es impactante ver que casi cada vivienda cuenta con un equipo exterior de aire acondicionado. En otras palabras, incluso en esos niveles la adaptación del diseño a la realidad climática se dejó en manos de la producción energética, con un costo inicial bajo de instalación pero hipotecando el consumo futuro, a cargo del inquilino.

Si la propuesta arquitectónica hubiese sido algo más inteligente, adaptada al clima local y hubiese sabido reinterpretar las soluciones vernáculas, posiblemente hoy habría varios millones de equipos de aire acondicionado menos en Beijing.

Todo esto viene a cuento después de admirar en Lahsa el Palacio del Dalai Lama, El Potala, un edificio de raíces populares, construido a lo largo de generaciones,  que consigue superar admirablemente la escala domestica hasta una volumetría entre palacio y castillo feudal, de proporciones, escala y equilibrio envidiables. No importa, como ahora, si la resolución del detalle es perfecta, si el alfeizar calza perfectamente con la jamba, o si los plomos y alineaciones  rozan la perfección. Lo importante está más allá del detalle, y radica, ante todo, en solucionar las necesidades de forma habitable para su realidad geográfica (4.200 mts snm), ostentando además un equilibrio y dignidad propia de su destino. La arquitectura no es solo un fin en sí mismo para obtener jerarquía y presencia, sino que por sobre todo debe solucionar los usos de forma que sean habitables en su contexto. Conceptos, que sin lugar a dudas se reconocen, en parte, en el brutalismo de Le Corbusier.

Simple majestuosidad.

El Potala se erige majestuosamente naciendo de una colina en mitad de Lahsa. No es un edificio impuesto, como tantos de hoy en día, es un conjunto de volúmenes que sin un proyecto previo se han ido sobreponiendo y anexando solucionando las necesidades de cada momento en forma armónica, de tal suerte que el resultado actual guarda un equilibrio y belleza envidiables, con una estética que va desde el feudalismo hasta la guerra de las galaxias.

El excesivo calor, frio y las intensas lluvias o nevadas, están resueltas en el uso del edificio sin ningún alarde, únicamente con la lógica y la sabiduría de la arquitectura popular milenaria.

Hubo algo que no aprendimos de estas arquitecturas cuando nos dejamos llevar por el derroche. Ahora toca mirar atrás y aprender de ellas, de su simple belleza y su mayor capacidad para hacerse vivibles y perdurar en el tiempo.

Si a este aprendizaje le aplicásemos las actuales tecnologías, los resultados serían edificios mixtos, adaptados a cada lugar geográfico, bajo condiciones de consumo racionales y respetando los actuales niveles de confort, y no edificios de cristal de tecnologías millonarias que solo consiguen las certificaciones “verdes” aumentando puntos con un mayor número de estacionamientos para bicicletas.

Proponer una fachada de cristal al poniente en Santiago no lo justifica ninguna tecnología porque está fuera de toda racionalidad lógica del diseño, y porque combatir el poniente exige un alarde y costo tecnológico-constructivo y energético que no tiene justificación,  por mucho que después aparezcan pseudo certificaciones verdes que avalen el derroche, o se publique la fachada de ultimísima tecnología en alguna revista.

¡Pobre del que le toque su cubículo en fachada!

Podríamos desenchufar el edificio Milenium La Portada, de Santiago,  y ver si su comportamiento es equiparable al del Potala, el que a 4.200 mts de altura, nunca ha sido enchufado y sigue vigente.

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