Posteado por: Es Cau | julio 24, 2010

EL DIVORCIO DEL ARQUITECTO

Hace algún tiempo, perdido en la inmensidad de la incomprensión en la que vivimos los arquitectos, escribí algunos poemas con el único propósito de sentirme reivindicado, al menos en la intimidad de mi conciencia.

En uno de ellos terminaba con una referencia al movimiento, a ese movimiento de masas sólidas llenas de una liviandad imaginaria, que solo nosotros podemos percibir.

Ah! …….El movimiento de lo estático

                 ese secreto de ladrillos y arrecifes!

Hubo otro, más melancólico, en el que rendido a la incomprensión, y con la única opción de la lenta y atomizada renuncia de pequeñas partes que finalmente suman un todo, no me quedó más remedio que rendirle tributo a una derrota sin rendición.

……..los arquitectos

                       somos camaleones

            en cada obra

                        dejamos una piel, un aroma a intensidad.

Lo uno, nos hace incomprensibles a los ojos ajenos, al cliente, que para vivir sus obras no necesita, ni quiere,  entenderlas, y manifiesta una sensibilidad difícilmente pareja a la del arquitecto. Lo segundo, es el resultado final de la batalla perdida, del agotamiento hasta el último suspiro, y  la significación de esas victorias pírricas que pasan de la insignificancia en el todo, a representar el único valor sobreviviente de esa otra lucha que tiene el arquitecto consigo mismo a lo largo del proceso creativo.

Finalmente las obras son solo aquello que pueden ser, no lo que desearíamos que fuesen, sino lo que su enorme océano de circunstancias les permite. Ahí está precisamente la única luz  que puede salvarnos.

Cada obra está sometida a sus circunstancias, desde su propia génesis hasta la entrega final, es un juego interminable de obstáculos de todo tipo, la mayoría de los cuales de forma natural tienden a atentar contra las ideas fuerza que sostienen la propuesta del arquitecto, y poco a poco le van arañando a la obra su lectura arquitectónica, los espacios pensados, la iluminación tratada, las vistas controladas, el movimiento permanente, o aquello que le otorga el valor añadido del arquitecto.

Por ello, finalmente, debemos aprender que la obra construida tiene mucho más valor que la proyectada, y que cada gesto que ha sobrevivido al proceso completo tiene un valor incalculable, y si con eso la obra es finalmente reconocible,  habrá sido un éxito rescatable y digno.

Con el tiempo aprendí a ver las obras no por lo que podían haber podido ser, sino por lo que finalmente llegaron a ser después de esa lucha titánica con las circunstancias. Decidí también no mirar atrás y evitar juzgarlas atemporalmente, para recordarlas como el fruto de mi experiencia y profundidad profesional de un momento.

Todo ello le otorgó a mi trabajo un valor indiscutible, y una ansiada paz interior.

Kathmandú, intensa y frenética.

Sin embargo, en este matrimonio del arquitecto y su obra, el envejecimiento es una condición dolorosa.

Muchos arquitectos renuncian a diseñar sus propias casas para no convivir con sus errores. Por experiencia sé que es una sabia decisión.  La obra construida no tiene capacidad de evolucionar con su autor, sino que por el contrario acaba siendo una foto de su realidad profesional en un momento determinado. No hay proyecto que supere la prueba del uso, en el que todo aquello que fue teóricamente pensado,  finalmente demuestra o no sus aciertos. Las circunstancias de cada momento son irrepetibles, y así los juicios de valor deben siempre hacerse desde esa perspectiva. Es un ejercicio complejo para el arquitecto, que espera que su obra sea perfecta en uso y estética, pero además atemporal y bien ponderada por sus pares.

Mantenerse ligado profesionalmente a las obras es una condena compleja, porque invariablemente éstas sufrirán cambios imposibles de controlar, ni con las soluciones más imaginativas que sean capaces de integrarlos casi como parte del diseño original. Con el tiempo la realidad siempre supera la ficción, y finalmente solo queda abandonarse a la renuncia y mirar con los ojos del que no ve, o del que es capaz de ver en el presente lo que hubo en el pasado, para tranquilizar el alma, en la desesperación del hijo moribundo, al que solo le quedan algunas luces de lo que fue.

El amor del arquitecto con su obra es un ejercicio de intensidad emocional que solo puede y debe perdurar por un tiempo, el tiempo justo entre el génesis y la obra terminada y registrada, para después divorciarse de ella y  abandonarla de la forma más frívola y rápida posible,  enamorándose locamente de la inocencia virgen de los nuevos encargos.

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