Posteado por: Es Cau | julio 25, 2010

UN CHISTE DE GALLEGOS

Desde hace ya algunos años el mundo ha entrado en una fase de crispación silenciosa que va creciendo de forma contenida. La intransigencia y por lo tanto la falta de tolerancia se ha ido imponiendo poco a poco, con el consentimiento de países, estados, pueblos y culturas, que han visto en la intransigencia la forma más directa y sencilla de imponer sus ideales a las masas fácilmente manipulables.

Lo peligroso de este fenómeno es que cada vez hay menos voces que desde estrados objetivos hacen llamamientos a la cordura y a la más simple lógica, tratando de crear contrapesos que por su reconocimiento sean  capaces de aplacar a las bestias de los estados, los políticos, los nacionalismos exacerbados y las religiones más autoritarias.

Hoy en día el término “talibán”, sinónimo de intransigencia, ha permeado en todas las sociedades, y ha validado la manipulación de los principios y el control de los medios como la forma más directa de ejercer el poder  sobre sus conciudadanos.  

La sociedad vive en un estado de ansia contenida, siempre al borde del precipicio, siempre alerta a detectar cualquier acción que pueda convertirse en un detonante justificado para perseguir cualquier objetivo por rocambolesco que sea. Ya no importan los logros, solo importa hacer infinito el proceso para conseguirlos, porque ahí está el poder, en manipular esas masas ansiosas que nunca deben alcanzar el éxtasis final del paraíso. Es mejor la lucha sin final, aquella que incluso ha olvidado sus razones, eso justifica todos los males y todos los remedios, y evita la aparición de los interrogantes que vienen después de la victoria.

Todos los conflictos de hoy  están regidos por el mismo principio de manipulación fundamentalista, y cada día son más los adeptos al camino fácil de la intransigencia, en el que resulta mucho más sencillo no escuchar, no pensar,  no razonar, y solo actuar conforme el adoctrinamiento que nos han impuesto los medios y los políticos, haciendo de ellos una verdad incuestionable.

 Hace veinticinco años que vivo lejos de mi tierra, y si bien esta cordillera que me ampara me ha regalado su blanca espalda, he sentido una añoranza consistente en el tiempo. La cuna es imborrable, y mi cuna es Barcelona.

Soy de una cultura nacida y criada en torno al mediterráneo, abierta al mundo, formada por el intercambio comercial, abocada a un mar que se llena de espejos en septiembre, iluminada por la calidez de un sol exacto, que se desparrama por el paisaje de campos atrevidos. Somos gente criada en  la tolerancia del intercambio, con la aventura de zarpar hacia nuevos horizontes, y en el valor de entender lo nuestro como propio y duradero, pero no excluyente.

Así hemos sido siempre y así seguiremos pese a quien le pese, de dentro o de fuera.

Durante este tiempo he conocido multitud de españoles desparramados por los numerosos países que me ha tocado vivir, y si bien nunca me importó su procedencia, ya fuesen castellanos, leoneses, sevillanos, mallorquines, asturianos o valencianos, por nombrar algunos, siempre todos ellos invariablemente sostuvieron un denominador común: una explícita opinión negativa sobre los catalanes, que manifestaban en forma inmediata al poco de mi presentación, algunos de forma grosera y otros con diplomacia. A ninguno de ellos le dejó indiferente que yo fuese catalán, mientras que a mí me parecía intrascendente su cuna, y por encima de ello valoraba los puntos en común que sin duda debíamos tener, en una actitud positiva lejos de los estereotipos.

Me ha tocado escuchar de todo y he dicho muy poco. No me interesan las pequeñeces de esas historias siempre fundadas en turbulentas experiencias mínimas que toman una grandeza falseada para justificar aquello que se ansía. Pareciera que todos ellos están deseosos de que alguien les hable en catalán para poder justificar todos sus odios y recelos.

A mi todo esto no me interesa, solo empequeñece a las personas.

Tampoco me interesan las visiones partidistas de aquellos que se otorgan una representatividad que no tienen para girar la historia a su medida, y establecer un estado de animadversión que solo conduce a potenciar sus propios odios, y los de los demás. Aquí no hay ganadores ni vencedores, ni razones ni justificaciones, solo hay intransigencia, incomprensión e  intolerancia por entender las causas ajenas, las unas y las otras, aquellas que hacen que queramos imponerles a los demás la forma en que tienen que ser, sentir o vivir.

La convivencia es imposible entre quienes en su propio bando son incapaces de acordar si quiera el texto de una pancarta, en un ridículo histórico, y tampoco en el otro, entre quienes torpedean con saña cualquier intento por buscar soluciones viables y posibles para dar una mejor y más serena salida a este problema sin fin.

Mientras tanto yo seguiré saludando a los españoles con el mismo afecto que siempre lo he hecho, sin importarme su procedencia, y ellos me seguirán lanzando sus dardos de incontinencia verbal, al poco de conocer mi catalanidad,  en un acto de pequeñez, intolerancia y fundamentalismo.

Ayer, sin embargo, parece que llegué a la cima de esa montaña rusa que es la lidia permanente con una españolidad que no es la mía. Una amiga gallega, a quien sigo apreciando, me invitó junto a mi mujer a una cena casera informal que parecía apuntar a una velada bastante agradable. El impredecible destino quiso que aquello que fue una victoria de todos en el mundial de futbol, acabase convirtiéndose en el inicio de una maratón anti-catalana que se prolongó por más de dos horas. Pasamos por diferentes y variadas etapas,  desde los recuerdos de hacía más de cuarenta años sobre una discusión entre niñas con el catalanismo de fondo, al aborrecimiento de la obra de Gaudí, que además no es más que un mal plagio de no sé qué monumento gallego, hasta la imperdible justificación de que el anti-españolismo de un funcionario del aeropuerto de Barcelona fuese  el causante de haber perdido el avión de vuelta a A Coruña hace pocos días. Todo ello justificaba de forma absolutamente certera e incuestionable que  la tirria que sentía por los catalanes estaba validada, y quizá incluso pensó, en algún momento de su delirio,  que yo podría compartirla o cuando menos entenderla.

La genialidad de Gaudí.

El otro comensal, segoviano de buena cepa, encantador, hizo lo que pudo para desviar aquella conversación sin sentido, que a esas alturas yo ya mantenía por pura educación, pero sin resultado, la tirria seguía y seguía, Gaudí seguía siendo un impresentable y Barcelona un lugar muy poco recomendable.

De todo ello, no hay nada que ya no sepa, y tengo la suficiente edad para discernir entre lo que vale la pena escuchar y opinar, y lo que es completamente desechable, pero me quedó dando vueltas una duda:

¿Alguien realmente piensa que se puede invitar a una persona a cenar para pasarse una eternidad lanzando tirria contra la cultura de sus orígenes y los de toda su familia?

La razón me dice que no, y también me dice que esta no es la España que debiéramos construir si queremos que haya sitio para todos, incluidos los catalanes.  Por suerte mi “seny” catalán me mantuvo sereno hasta el postre.

Solo me queda pensar que fue un chiste de gallegos, pero eso sí, uno muy malo, y desde luego para la próxima me perderé el pulpo gallego, a mi pesar, pero estaré más a gusto con un caldillo de congrio en mi casa.

 Lamentable.

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