Posteado por: Es Cau | diciembre 4, 2010

LOS VALORES DE LA JUVENTUD

Desde hace algunos semestres estoy dando clases en una universidad de reconocido prestigio, lo que me ha permitido acercarme a las nuevas generaciones desde una óptica menos particular y más objetiva que aquella que descubro en mis hijos con el pasar de la adolescencia.

En corto y para que sirva de guía a esta lectura, debo decir que he decidido renunciar irrevocablemente y pasar página a mi incipiente interés por transmitir algo de lo que he aprendido durante mis años de profesión, ejercida en diferentes países y por tanto rica en experiencias y probablemente contenido.

Los saltos generacionales en el pensamiento son inevitables, los jóvenes tratan de ordenar sus descubrimientos y proyectarse en un mundo a su medida, mientras que los más maduros vivimos del conocimiento que se desprende de experiencias pasadas, las que para bien o para mal acaban siendo cíclicas en contenido, con distintas vestiduras.

Esta diferencia generacional es una constante, pero quizá más acentuada hoy en día por la velocidad que ha tomado el desarrollo en el mundo occidental, basado en los avances tecnológicos que superan cualquier intento medianamente esforzado por estar al día. Así también, la sociedad va evolucionando a la par, sin saber bien quién se adapta a quien, tecnología o sociedad.

A pesar de este despegue, hay valores, al menos en la historia moderna reciente, que consiguen traspasar los saltos generacionales y asentarse en cada una como incuestionables. Son aquellos valores nacidos del núcleo familiar,  y que representan la comprensión de la vida como un camino que solo es viable desde el esfuerzo personal y el respeto por los demás. De ahí, todo lo básico. Aquello  que desde diferentes ópticas ensalzan las distintas religiones, ya sea desde el compromiso con su Dios, o desde el crecimiento personal hacia la iluminación.

Como fuera, la juventud es el momento propicio para fraguar la identidad basándose en aquellas herramientas que te pueden garantizar la consecución de tus ideales, sueños, esperanzas o retos, es el momento preciso y precioso para consolidar y arraigar, de forma firme y duradera, conceptos tan simples y valiosos como la perseverancia, la honestidad y la cultura del esfuerzo. Solo así podremos llegar a ser lo que nos proponemos.

 No es esto lo que en general, y quiero subrayar lo de general, me he encontrado con mis alumnos, cuyo reflejo no es otro que el de la sociedad fácil y urgente  en la que vivimos. Todo en ellos es desechable y veloz, el interés está marcado por el resultado y no por el aprendizaje, las clases son un medio para alcanzar una nota, pero nunca un vehículo que nos permita crecer en conocimientos. La velocidad se apodera de todo y sus vivencias acaban siendo un “twitteo” permanente, rápido y vacio, sin más proyección y valor que la del mismísimo presente.

La tecnología y especialmente la comunicación nos han permitido alcanzar de forma fácil un supuesto estado de bienestar, y ha facilitado la incorporación del ocio como un valor incuestionable e insacrificable.  Nada alcanza la suficiente importancia como para que nazcan los valores básicos y fundamentales. El esfuerzo o la perseverancia se abandonan al primer traspiés, cualquier fracaso es siempre atribuible a las circunstancias pero nunca a la necesaria superación personal, y los objetivos son cortoplacistas y perfectamente sacrificables. Así, esta juventud renuncia, sin aún saberlo, a sus sueños más íntimos, los que solo serán alcanzables mediante esas herramientas que las sociedad les esconde, para convertirlos en simples consumidores de ocio.

La dispersión de la familia, incapaz de soportar cualquier adversidad  puntual, el maquiavélico consumismo excesivo y en especial la cultura del pelotazo, ensalzada y manipulada por las televisiones basura, ha acabado por desintegrar los ideales de crecimiento personal. No existe nada más que la farándula barroca y decadente, los reality´s que encumbran ante la opinión pública a personajes deleznables, que basan su minuto de éxito en el oportunismo fugaz, o los programas que concursando con cuantiosas sumas de dinero menosprecian el esfuerzo por conseguirlo.  Todos ellos trazan y esbozan el croquis de esta sociedad de hoy, seguida por la inmensa mediocridad de aquellos que no saben, no quieren o no pueden, ver más allá de las fronteras que se les muestran.

No todo es repudiable, existen en esta misma juventud, para aquel que quiere ver, múltiples ejemplos de constancia, tesón, equilibrio, trabajo en equipo y fe en uno mismo, para alcanzar las metas soñadas y cumplir con los más altos ideales.  Rafael Nadal sin ir más lejos es una muestra de este “otro” potencial de la juventud, Nicolás Massú, con muchas menos aptitudes tenísticas, es también equiparable en entrega, lucha y constancia, todos ellos valores aplicables a cada uno de nosotros en nuestro quehacer diario.

Hace pocos días uno de los mejores clásicos futbolísticos del mundo nos dio muestras de que la vía de los valores es aún posible, y no por el resultado sino por el juego brillante, coordinado, entregado, perseverante y ensoñador, de un equipo que puso sobre el césped una fe irrenunciable a su filosofía de juego, sin importar la velocidad del éxito. El resultado no pudo ser otro, la arrogancia malcarada, la descalificación grotesca, el egoísmo y la búsqueda del éxito fácil y rápido, no pudieron con los cimientos de una estructura basada en la cultura del esfuerzo personal y colectivo, que brilló en un juego inolvidable e irrepetible.

Como ellos, tantos otros ejemplos de juventud arrolladora, que se abre paso en todos los campos de la sociedad, y convierten su esfuerzo personal en colectivo para hacer un mundo mejor.

Sin embargo, el sutil mercantilismo se encarga de convertir sus ejemplos en un producto transable y fácil, al alcance de la mediocridad del consumo, y así, aquello que es valioso de su figura meritoria se desvanece, y su ejemplo acaba devorado por la masa que lo convierte en un ideal inalcanzable y por lo tanto también sus valores.

Ahí están los ejemplos, para el que quiera verlos, la juventud de hoy tiene todo el potencial y oportunidades que esta sociedad técnicamente avanzada puede darles, pero para conseguirlos deben viajar también por su mundo interior, y sin dioses que los protejan, ensalcen o condenen, deben ser capaces de luchar por alcanzar su propia iluminación, la que cada hombre lleva potencialmente dentro, y la que debe cuidar, pulir y hacer brillar, con perseverancia y esfuerzo.

En busca de la iluminación.

PD: A mis hijos, a quienes les deseo un futuro brillante.

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Responses

  1. Estoy totalmente de acuerdo con los dos, y me gustaría añadir algo. Soy madre de un chico de 24 años y una chica de 20 y, a pesar de que fuera de casa han crecido en este entorno artificial y totalmente efímero, se han convertido en personas voluntariosas, con ilusiones, proyectos y con calidad humana. ¿cómo se consigue? Pues dando ejemplo en casa, estando siempre alerta, felicitándolos cuando consiguen un triunfo, alentándolos para que aprendan a arriesgarse, exigiéndoles responsabilidades….., en definitiva estar mucho, mucho más pendientes de ellos que lo que estuvieron nuestros padres de nosotros. !no todo está perdido¡

  2. Hay un libro muy bueno, “Dioses Tumbas y Sabios” de W. Ceram, en el que se narra un episodio, no recuerdo si de hace 3.000 años o de hace 5.000 que corresponde a una de las tabletas de escritura cuneiforme, por tanto uno de los más antiguos registros escritos, y en el un hombre le dice a su hijo: “Hijo mío, qué quieres hacer en la vida” y le contesta “me da igual, déjame tranquilo” (no son palabras textuales pues no recuerdo de memoria pero ese era el sentido).

    Yo creo que ese edonismo que lamentablemente se ha convertido en medio y fin para la vida no es sino otro ciclo más en el que los jóvenes no son otra sino las víctimas. Las sociedades avanzadas, lo que antes se llamaban imperios y que hoy está representado por “occidente”, se fraguan con esos valores que mencionas -esfuerzo, perseverancia, tesón…etc- pero cuando maduran, las generaciones nacidas en la vida fácil, no son capaces de continuar por la sencilla razón de que no tienen las herramientas para hacerlo, no tienen necesidad de ello. Es algo así como una manzana que con el paso del tiempo madura y se pudre sin remisión…y ahí comienza la decadencia de la sociedad y del imperio y otros más esforzados (hoy día los paises en desarrollo y los paises emergentes), criados en la cultura del esfuerzo y la austeridad, terminan por tomar el relevo ante nuestra incapacidad para reaccionar.
    Esa es mi visión.
    Un abrazo,
    Jorge


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