Posteado por: Es Cau | febrero 9, 2011

OBJETIVOS Y VELOCIDAD

Cada era tiene sus tiempos para fraguar el ritmo de la vida, cuando ésta se parcela en el continuo de acciones del hombre. Asi, por siempre, caminar y correr, por su sola definición, han gozado de ritmos y tiempos diferentes,  pero su velocidad ha cambiado en cada época.

La definición que podríamos darle al ritmo de una acción, sería algo así como el tiempo necesario para ejecutarla adecuadamente y lograr su objetivo, o quizá desde otro punto de vista, la pausa necesaria para realizar la acción prevista y alcanzar el mismo objetivo.

La diferencia entre una y otra la sitúo en su relación con la velocidad del río de la vida. En un caso fluimos con él tratando de manipular la velocidad, mientras que en el otro, damos un paso al costado para hacer una pausa y dejar que el agua siga fluyendo sin alteraciones.

A mi modo de ver esta es la verdadera filosofía que debe existir detrás del continuo vivir: el control de su velocidad desde las pausas, para generar espacios paralelos que no solo nos permitan evaluar, y si es necesario rectificar nuestro camino, sino al mismo tiempo abrir oportunidades para degustar la vida o resolver sus problemáticas desde una posición mucho más objetiva.

Este tiempo muerto, que acompaña algunos rituales conocidos, encierra una filosofía de sabiduría que sabe otorgar tiempo de razonamiento allí donde aquel no existe, y nos sitúa en un punto de control sobre el curso de nuestros objetivos y acciones, que permite tomar decisiones calibradas.

La velocidad es hoy uno de los grandes enemigos de la sociedad occidental, y todo en ella, en estos últimos años, se ha ido formando exponencialmente en torno a esta inmediatez que nos impone el valor sobredimensionado del presente.

Todo fluye desde el presente.

Solo se vive el ahora de la urgencia permanente, no existe otro tiempo que no sea urgente.  Trabajo y resultados deben confluir en un mismo espacio tiempo, algo así como el tren instantáneo de Nicanor Parra, cuyo primer vagón está en la ciudad de destino y el último en la ciudad de origen, no hace falta más que subirse a él para haber llegado.

Así es el legado que estamos construyendo, en el que finalmente los valores asociados a un tiempo diferente del presente inmediato, carecen de valor y son desechables.  

Nuestras vidas acaban siendo una sucesión de presentes y con ello la nueva juventud, prisionera de esta realidad que ella misma ha creado, está perdiendo el concepto de los objetivos, y las nuevas parejas y familias el de los objetivos comunes.

Por su propia definición cualquier objetivo se sitúa fuera del presente, y por tanto requiere, en mayor o menor medida, de voluntad, planificación, tesón, perseverancia y esfuerzo, entre otras cualidades, todas ellas desconocidas para la gran masa de las nuevas generaciones, preocupadas por el último modelo de su presente individual y egoísta.

La mayoría de las parejas nacen, con y de, un presente común, pero no se proyectan con objetivos compartidos que les de continuidad. Piensan en su vida como en una sucesión de momentos instantáneos, cuando en realidad cualquier ínfimo cambio sobre esta sucesión de presentes les  llevará, sin darse cuenta,  a vidas dispares y separadas.

Sin objetivos y anhelos comunes que nos focalicen y guíen por una senda voluntaria,  consensuada y común, la convivencia acaba siendo imposible, triturada por el egoísmo del presente individual,  y finalmente desechable o intercambiable.

Si se pierde la visión de futuro y atomizamos nuestra vida en una sucesión de segundos independientes, perdemos la capacidad de proyectarnos, de escoger y por último de ser libres para controlar y decidir sobre nuestro camino,  evitando que éste acabe siendo el resultado incierto de la suma infinitesimal de acciones y decisiones aisladas e independientes, solo regidas por las circunstancias propias de cada instante real, sin ningún hilo conductor.

Nuestra libertad depende en gran medida de la velocidad con la que escojamos vivir.

Los objetivos comunes en la pareja establecen una pauta de vida y es necesario renovarlos en la medida que se van alcanzando, reafirmando los lazos comunes de interés y el esfuerzo compartido que ayuda en el mantenimiento de la pareja y de la familia.

De ahí, que tanto pareja como familia, requieran de pausas y de objetivos que les den el tiempo para reafirmarse como grupo, y garantizar la aparición en el horizonte juvenil de los hijos,  valores que han de ser atemporales y por lo mismo permanentes en todas las etapas de sus vidas.

Feliz pues, de agregar a este comentario la satisfacción de haber alcanzado hace pocos días un simple objetivo familiar: subir el volcán Villarrica, que por su necesario compromiso de unidad nos hizo proyectarnos en el futuro desde hacía un tiempo, para finalmente con el esfuerzo individualmente colectivo, alcanzar la cumbre y fortalecer nuestros lazos familiares.

Unidad y voluntad común.

Todos, con edades,  realidades e intereses individuales y diferentes, pudimos sin embargo enfocarnos en un logro único, que hicimos propio y con el que aprendimos a “soltar el presente” por un rato y degustar la pausa que otorgan aquellos momentos en los que confluyen valores de más largo aliento, que son los únicos que pueden garantizarles a nuestros hijos un futuro humanamente auspicioso y a nosotros, como pareja, continuidad en un proyecto común.

No hay velocidad, solo pausa y confort.

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Responses

  1. Tienes razón las relaciones familiares tienen altos y bajos, están en contínuo movimiento, hay disparidad de opiniones, diferentes niveles de voluntad e ilusiones.
    Ser una piña familiar no es desde luego una tarea fácil ya que el ir viviendo día a día juntos no comporta que se vayan creando esas relaciones.

    De vez e cuando hay que “detenerse” y plantear conseguir un objetivo común, y que mejor ejemplo que subir hasta la cima de una montaña.


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