Posteado por: Es Cau | abril 14, 2011

LA ARQUITECTURA MINIMALISTA Y LOS RECUERDOS

Darle valor a los objetos forma parte del fetichismo de los recuerdos. Tomamos aquello que es intangible y querido de una persona o un momento determinado, y lo transformamos en un recuerdo preciado apoyándonos muchas veces en  un soporte físico que absorba este apego.  Con ello almacenamos los recuerdos en elementos externos cuya sola visión, contacto u aroma, gatilla vivencias pasadas sumergidas en nuestra memoria. Se trata de una suerte de respaldo, que tiene el portentoso poder de reflotar los capítulos determinantes de nuestra vida.

Siempre fui un devoto fiel a esta práctica desde mis años de adolescente, empapelando literalmente de “objetos-recuerdo” los espacios que ocupaba. Mis circunstancias de vida, con repetidos cambios de casa, ciudades y países, ahondó en mi la necesidad de generar fetiches que me ayudasen a tomar los espacios ajenos como propios y poder trasladar esas vivencias de un lugar a otro, y así, mi gusto académico por la arquitectura minimalista fue cambiando, y mi conocimiento sobre las peculiaridades  del recuerdo se fue ahondando.

Los recuerdos le dan historia y sentido a nuestras vidas, en tanto podemos mirar hacia el pasado y reconocernos, reforzando nuestra identidad con lo que hemos vivido, y exponiendo la carencias de lo que nos hemos alcanzado. Mirar hacia delante con este retrovisor de vivencias nos permite  combatir la soledad, aunque de una forma superficial y tangente.

 La vida es una continua toma de decisiones, todas ellas individuales en su génesis, pese a que posteriormente algunas puedan ser compartidas y consensuadas. En el rincón último de cualquier decisión estamos pacientemente aislados, somos uno con nuestra circunstancia, y no importan la compañía o ayuda externa que haya podido haber, ni lo reconfortante que hayan podido ser, en ese punto ultimo, previo de la decisión, solo hay una inmensa soledad, porque decidimos nosotros y solo nosotros, y esa es la única vía posible para asumir la responsabilidad interna y poder lidiar con ella en el futuro de los recuerdos.

Debajo del amor hay sentimientos más profundos y solitarios: el alma y la fe, la fe en aquello que somos o anhelamos, y el alma, del sentimiento que somos capaces de impregnarle a esta fe. Entonces, desde este enorme desierto vacio y minimalista, nacerá el amor y la génesis de lo que somos, y de ahí las decisiones que habrán de alimentar los recuerdos.

 Algo de eso tiene la arquitectura minimalista, “menos” es “más”, que solo admite ese espacio solitario de las esencias, las ideas fuerza y las sensaciones que se persiguen en su estado más puro y expuesto. No puede haber lecturas débiles, erróneas o manipuladas, las intencionalidades deben presentarse en su total magnitud, para definir desde el mismísimo vacio la calidad de su arquitectura. La elección de materiales, el tratamiento de la luz, la disposición de los espacios, las visuales y los recorridos, entre otros, son las herramientas de la pureza para definir espacios prístinos que buscan la evocación máxima con los mínimos elementos, casi una arquitectura suspirada, y completamente exenta de aquello que no sea vital y concordante.

 En el interior de esta arquitectura luminosa y fotográfica, que sueña con un trazo perfecto y cuyos errores son imposibles de ocultar, no hay cabida para que los recuerdos particulares tomen partido y acaben por llenar de humanidad la enorme tiranía de un proyecto  más cercano a la escultura que a la arquitectura.

Curiosamente el proyecto pensado desde el fuero interno de las sensaciones humanas acaba convirtiéndose en una pecera inalcanzable, que deshumaniza a sus moradores, limitando el acceso a sus propios recuerdos, al impedir la transformación y humanización particular de los espacios que han de vivirse.

Pero no solo eso, la obra acabada, certera a un modelo resuelto en un tiempo concreto, es ya incapaz de evolucionar, se convierte en una enorme corsé que solidifica el tiempo, y desde el mismo momento después de su creación comienza a perder la pauta de vida de sus inquilinos.

El espacio se humaniza

Una vez más la arquitectura y el arquitecto diseñan y crean para ellos mismos, retroalimentándose con ese lenguaje tan propio y exclusivo, que es a la vez su éxtasis y su  perdición, para después retratar y publicar los espacios ajenos a sus dueños.

 Solo desde la austeridad y el control emocional propios de sociedades orientales o clericales, tan diferentes a la nuestra occidental, me hace sentido que este gusto minimalista pueda ser sostenible en el tiempo de una vida, sin sucumbir a los recuerdos que necesariamente acaban por impregnar con su presencia física, las paredes, vistas y luz, de las arquitecturas más codiciosas.

 Los recuerdos, implacables, acabaran por corroer como una yedra los espacios y le entregaran al hombre un hábitat a su medida, con todas las virtudes de la arquitectura luminosa, pero también con la particularidad esencial del alma de cada uno. Volvemos entonces al poder evocador del camino del medio, la incorporación del “ser” vernáculo del hombre para transformar esos espacios prístinos en ambientes orgánicos y humanos, para que la arquitectura lejos de ser un escaparate o un ejercicio teórico acabe siendo un catalizador de sensaciones y recuerdos particulares, pero por sobre todo que acompañe al hombre en su vida y sea capaz entonces de moldearse a sí misma para saber mantener sus valores arquitectónicos bajo los recuerdos y vivencias cambiantes de cualquier persona.

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Responses

  1. Sergio, cuanta razon tienes !! Es curioso ver la evolucion de los pisos “Zen” de
    algunos amigos. Se han ido transfortmando al ritmo que lo ha hecho su corazon
    y su razon.


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