Posteado por: Es Cau | septiembre 1, 2012

INTERVENIR, MIMETIZARSE, POSARSE O ACOMODARSE

Hoy aparece en las noticias una reseña sobre el premio internacional recibido por una vivienda sostenible en Alaska, diseñada por la UdG (Universidad de Girona). En el breve artículo se mencionan algunas de las características del proyecto, entre las que se destaca su mínimo impacto sobre la flora y la fauna local al situarse de forma elevada sobre el terreno, característica que parece bastante lógica si el planteamiento se refiere a un lugar remoto y de difícil acceso, donde el artefacto-vivienda deberá colocarse sin un posible reconocimiento ni trabajo previo del suelo.

A partir de ahí me parece interesante reflexionar sobre la forma en que cada uno a lo largo de su carrera ha ido posicionando sus proyectos en relación con el sustrato de apoyo y su entorno, y de si esa decisión de proyecto ha sido con el tiempo validada por el uso de la obra. Me refiero específicamente a aquellos proyectos situados en entornos donde el arquitecto puede optar entre una diversidad de opciones, y cuya elección será muchas veces la base del carácter del diseño en su conjunto, con implicancias en la forma y sentido de su ocupación.

De forma muy básica podemos enfrentar el proyecto desde la intervención masiva del terreno, la mimetización con él, el apoyo liviano,  o simplemente el acomodamiento a sus características. Determinaremos así la forma en que el futuro usuario se relacionará con el entorno inmediato, y el paso del tiempo nos dirá que tan exitoso ha sido nuestro planteamiento al enfrentarse con el objetivo final de la vivienda que no es otro que el de “vivir en ella y en el lugar”.

Los planteamientos de intervención masiva, aquellos en los que la idea preconcebida del proyecto toma mayor fuerza que el propio entorno, o dicho de otra forma, aquellos en los que el arquitecto trata de moldear el entorno y el cliente para que se ajusten a su proyecto y no al contrario, suelen desembocar en un resultado confuso con la realidad circundante más allá de la propia parcela intervenida, y generándole al usuario condicionantes artificiales.

Las propuestas de implantación que tratan de mimetizarse y desaparecer para devolverle al paisaje su condición anterior, buscan “estar” sin ser vistos, de participar del entorno a escondidas,  son el  punto de vista de un observador que esta impedido de hacer “suyo” el lugar  y prefiere disfrutarlo desde una vitrina.

Las soluciones livianas, aquellas que, como el proyecto de la UdG, tratan de alunizar en los paisajes sin apenas rozarlos y disfrutar de ellos desde cierta distancia y asepsia, están inevitablemente ligados, desde mi punto de vista, a la transitoriedad de sus ocupantes, que consumen el paisaje temporalmente y desaparecen, o como en el caso del concurso de Alaska, a unas condiciones climáticas extremas que impiden que se pueda desarrollar una conexión tangible con el exterior.

A esta tipología me recuerdan las fotos que nos llegan del “Curiosity” desde Marte, con paisajes intocados vistos desde la atalaya de un artefacto que se posa y consume las vistas y sensaciones de su entorno desde la mayor asepsia posible, cambiando incluso de posición sin dejar apenas rastros de su recorrido.

Cada proyecto tiene un propósito, y para cada uno existe un planteamiento que se ajusta en mejor medida a sus necesidades,  especialmente cuando se trata de propuestas para usos muy específicos y condiciones particulares.  Sin embargo a veces nos empecinamos en querer imponer y justificar condiciones rebuscadas cuando  para el común denominador de las propuestas, como bien dicen los budistas, el camino correcto suele ser “el camino de en medio”, que será aquel que se nutra del diálogo entre la naturaleza human y su entorno, sin olvidar que las intervenciones inteligentes del paisaje pueden construir nuevos equilibrios y generar profundas sensaciones.

En mi experiencia los mejores resultados globales, tanto de proyecto como de uso, son aquellos que se posicionan en el lugar acomodándose al entorno topográfico, visual y climático, de una forma natural y sostenible,  guiada por los sentidos y la lógica. Pero no se trata de ver el entorno como una postal intocable, sino de intervenirlo con la voluntad de pasar a ser una parte activa de él y de su equilibrio.

En uno de mis proyectos, una casa de madera frente al Pacífico Sur, con orientaciones y vistas contrapuestas, decidí desde el proyecto que la singularidad de su implantación me permitiría generar en torno a la fachada norte un espacio orgánico de vegetación, muros de piedra, sombras y cercanía con la vida domestica, como un jardín recogido y centrípeto; mientras que desde la fachada Sur, hacia la inconmensurable vista del océano, con la casa levantada sobre pilotes, proyectaría una plataforma-terraza de madera suspendida como un mirador expuesto al viento y a las sensaciones, empopada sobre el paisaje.

Fachada Sur Original

Que buen contraste y que extraña oportunidad la de poder saltar entre dos ambientes contrapuestos, conectados visualmente pero separados por los 5 mts de ancho de la casa refugio. El tiempo y el uso causaron inmediatos estragos en aquella teoría que pretendía dividir la casa y la forma de usarla entre dos opciones radicalmente diferentes. La fachada sur, aun bajo condiciones de bajo asoleo y viento, fue transformada hasta ligarse con la tierra, echar raíces de piedra sobre ella y peinarla con vegetación, manteniendo intactas las sensaciones originales de volar sobre el paisaje y sentir el viento erizando la piel, pero esta vez con un pie a tierra y el océano como bandera.

Fachada Sur moldeada por el uso.

El tiempo le dio la razón a la lógica, aquella que nos acerca mucho más a nuestra naturaleza humana y terrestre, que a la asepsia fotográfica del minimalismo artificial y las teorías de la estética arquitectónica cuando tratan de imponer moldes de comportamiento, instruyéndonos en el cómo y cuándo debemos ver las vistas, sentir el viento o refugiarnos bajo una sombra.

Nuestra propuesta debiera precisamente “solo proponer”, para que sea el usuario quien finalmente, intuyendo la potencialidad de cada lugar, los haga suyos desde su particular forma de vivirlos.

No en vano, la casa Ugalde de J.A.Coderch, sigue siendo un faro en la distancia.

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