Posteado por: Es Cau | septiembre 26, 2013

ARQUITECTURA EN TIEMPO REAL

El poder evocador de un paisaje es tan cautivante como la contemplación del fuego, y su secreto no es otro que el cambio, la impermanencia de la sumatoria de sus elementos.

Con los pies por delante y la espalada reclinada sobre el cojín de una tumbona oxidada puedo disfrutar de un paisaje amplio y profundo en el que participan una infinidad de contrastes. En el ajustado encuadre de mi vista compagino la sensación de cercanía de lo que tengo al alcance de la mano con la percepción de lo extremadamente lejano que solo vislumbro como machas desdibujadas. Desde la oblicuidad de mi campo visual conformo los pliegues laterales que contienen el paisaje, mientras voy  focalizando y enfocando cada área para prestar la correcta atención a los hitos concretos que me permitan realizar un registro simultaneo de toda aquello que hace posible el aquí y ahora de lo que estoy contemplando.

¿Por qué es tan difícil de contener y de recordar de forma fiel un paisaje?

¿Por qué son tan difíciles de abarcar con una sola mirada?

La repuesta está en el cambio, la modificación constante de todos los elementos que conforman su unidad. El paisaje se declara como vida, y la vida solo transcurre dentro de un movimiento continuo basado en la interrelación de sus partes. Nada es permanente y el fotograma de cada segundo que conforma la realidad presente de cada instante está sujeto a las infinitas variables de las relaciones entre los diferentes componentes. Así, el paisaje no puede ser contenido dentro del vacío de una mirada fotográfica, sino solo desde la percepción y registro del cambio continuo.

El  paisaje registra una cadena de acontecimientos y cada segundo es un nuevo escenario. Se manifiesta como el fuego, que modifica sus llamas, color, intensidad y calor de forma constante, provocando un magnetismo visual ante la imposibilidad de encontrar un parámetro, o una cadencia repetitiva, que nos permita fotografiarlo en nuestra mente y hacerlo nuestro.

Cada segundo es otro paisaje.

Cada segundo es otro paisaje.

El desguace ininterrumpido de la olas sobre la orilla, con la repetición de un movimiento en esencia idéntico pero en lo particular significativamente diferente cada vez, el deslizamiento de las nubes con ordenamientos aparentemente caprichosos o la percepción del aire a través del viento como un fluido que lo sumerge todo, nos muestra la vida como una constante de movimiento y cambio. Nada es para siempre, lo único permanente pareciera ser precisamente la impermanencia de las cosas y los estados en el continuo de la vida.

Concentrado en mi intento por domesticar el paisaje me fijo finalmente en un volumen blanco, estático, casi imperceptible entre los relieves en movimiento de los pinos, casi la única muestra de arquitectura y me pregunto:

¿Cuál es su papel dentro de este escenario de cambios, y cuál es su capacidad de adaptación a un paisaje en constante transformación?

La naturaleza esencial de cada elemento le otorga una capacidad de adaptación frente a los cambios, ya sea por evolución o por desgaste. Nuestra arquitectura, en el sentido generalizado, ha querido ser permanente, duradera, adquirir las propiedades de un sólido indestructible capaz de mantenerse en pie durante siglos. En el paisaje ha querido ser roca, y por tanto su presencia en el movimiento y tempo del entorno es testimonial.

Esta solidez constructiva de la arquitectura ha sido siempre una cualidad desde los castillos medievales hasta hoy, y entendida como aquella construcción duradera en el tiempo, capaz de resistir los embates del devenir y  la naturaleza gracias a su fortaleza de diseño y materialidad.

La fortaleza como valor.

La fortaleza como valor.

Hoy en día, en las sociedades que vienen, el concepto de durabilidad estará mucho más ligado al de adaptabilidad al cambio y a la transgresión,  y mucho menos al de la fortaleza inexpugnable que puede permanecer por generaciones.

El desarrollo de nuestra sociedad ya no se rige por el concepto “tiempo”, sino por el de “velocidad” y “cambio”. Quien se anticipe y adapte mejor a las constantes modificaciones que suponen una vida basada en la velocidad, es quien subsistirá en mejores condiciones. Esta realidad es ya antagónica con la arquitectura tradicional, la misma que aparece en mi  paisaje como un elemento pasivo, casual, que no es participe activo de todos los ajustes que de forma constante e instantánea se producen, sino que solo los contempla.

La arquitectura que ha de venir es la de la participación camaleónica con el ajuste, tanto a las necesidades del hombre como a las de su entorno, en cada momento. De esta forma, en nuestro paisaje, el volumen blanco ya no será un faro inexpugnable expuesto a los elementos, sino que se adaptará a ellos en tiempo real y su durabilidad no estará basada en la solidez de sus materiales, sino precisamente en oponer la menor resistencia al desgaste, y en ser cada vez aquello que la dinámica de su entorno y las circunstancias de sus ocupantes le pide.

Los drásticos cambios que estamos sufriendo en este afán irremediable por vivir a la velocidad infinita del tiempo presente, obligan a una fusión de física y arquitectura para controlar la naturaleza de los materiales, la geometría de estructuras imposibles, el movimiento constante de los volúmenes, la transformación de los espacios o la coloración de las fachadas, entre otros, y coexistir con este nuevo paradigma de la velocidad. La durabilidad de la arquitectura, en los términos conocidos, lejos ya de ser un valor acabará siendo un ancla a un pasado instantáneo que ya nadie reconoce ni quiere.

Así nuestra arquitectura ya no aparecerá como un volumen prístino y estático en el paisaje sino como una mancha pixelada en constante movimiento, al unísono con el oleaje, el vuelo de las nubes o una lluvia de verano, en coordinación con las necesidades, ansiedades y ánimo de sus ocupantes, cuyas vidas se van convirtiendo poco a poco también en imágenes borrosas.

Es finalmente, la arquitectura en tiempo real.

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