Posteado por: Es Cau | abril 16, 2014

ARQUITECTURA LÍQUIDA

Desde hace ya bastante tiempo la imposición de la velocidad como regulador y condicionante fundamental en casi todos los aspectos de nuestro estilo de vida,  un estilo que no escogemos sino que nos engulle, ha estado presente en muchos de mis comentarios y artículos, tanto en esta revista como en mi blog.

La búsqueda de remansos que nos permitan observarnos y readecuar nuestra identidad de acuerdo a valores íntimos es una tarea compleja en la vorágine de la sociedad moderna líquida, pero resulta finalmente en una consecuencia inevitable, al menos en el último tercio de nuestras vidas.

Zygmunt Bauman nos ofrece un estupendo libro, “Vida Líquida”,  donde expone con absoluta crudeza el retrato de la sociedad occidental consumista en la que no encontramos inmersos, hasta el punto de ser esta condición  quien regula el desarrollo y nos ha convertido así mismo en bienes de consumo desechables.

Según Bauman en esta sociedad moderna líquida no hay tiempo para la consolidación de los hábitos o los logros en rutinas o bienes duraderos. La constante velocidad del cambio permanente despoja de valor cualquier logro personal o material, que inmediatamente pasan a ser pasivos y desechables. Sin valores referenciales  la sociedad moderna liquida queda abocada a un estado de permanente cambio, y sus miembros condenados a una vida líquida, insustancial, en la que acaban siendo devorados y desechados como bienes de consumo. Nadie puede, aun queriendo, seguirle el paso al ritmo que se nos impone desde el consumo, y acabamos en algún remanso tratando de ordenar nuestra vida en torno a un eje centralizador que nos devuelva la calma mientras le perdemos la pista a la punta de lanza de las últimas tendencias y exigencias del marketing social. Pasamos entonces a ser desechos y a perder parte de nuestra identidad social, pero empezamos a recuperar nuestra identidad íntima.

Aquella máxima anarquista de mis años de universidad que decía “paren el mundo que me quiero bajar”, se ha tornado en lo contrario, es la sociedad líquida la que nos desecha una vez consumidos.

agua

Un remanso de la velocidad líquida

Me pregunto si existe también una arquitectura líquida.

La construcción como motor del crecimiento es una de las piezas claves del consumo, tanto en su propia escala como principalmente en la referente a todo aquello que mueve de forma subsidiaria.  La arquitectura y el diseño son solo una parte, que podemos aislar, del inmenso volumen de la industria de la construcción, sin embargo, a mi entender, es precisamente este eslabón el que más cercano esta de la creación artificial de necesidades y tendencias de consumo.

Efectivamente el diseño, la cambiante forma de entender y vivir los espacios, los nuevos materiales ligados a estéticas o usos novedosos, la  propuesta de nuevas  formas relacionadas con cada moda pasajera, el cambio de texturas o colores según tendencias,  la incorporación de pieles tecnológicas,  en definitiva la evolución y marketing de propuestas de diseño aplicadas a la arquitectura generan un universo de nuevas necesidades ajustadas a una demanda artificial, alentada por la venta de expectativas y estatus,  de una sociedad que necesita del consumo para subsistir.

De entre la arquitectura diseñada es posible destilar aquella que responde a un perfil líquido, es decir la que no aporta en sustancia  nada nuevo más que la de generar expectativas de supuestas mayores libertades y logros tecnológicos per sé, que se corresponden con una globalización poco equitativa y confusa.

Esta nueva sociedad ha conllevado la aparición de una arquitectura híbrida, aquella que podemos definir como libre de todo condicionamiento, que goza de una libertad “librepensante” global y huye de las seguridades que nos dan los valores convencionales. Esta nueva arquitectura, solo al alcance de unos pocos, persigue en forma permanente la última osadía posible, no recala en circunstancias históricas, sociales o geográficas,  no se ancla a ningún valor referencial, sino que actúa de forma global y atiende solo a sus necesidades de forma, capricho y autocomplacencia, persiguiendo una luz de perfección inalcanzable y variable a cada instante. Sus proyectos son desechados una vez construidos o incluso antes, por las nuevas propuestas que surgen con  la misma superficialidad y antojo. Son obras despojadas de cualquier valor de permanencia  y ligazón con la sociedad o cultura a la que sirven, o a su entorno geográfico. Es la arquitectura instantánea de la impermanencia,  la más desechable de todas, la que pierde su valor en el mismo instante en que deja de ser novedad porque en el otro lado del mundo aparece otra propuesta cuyo único valor es precisamente esa novedad robada.

Quiero creer que existe un sabio y difícil equilibrio entre la búsqueda de mayores libertades y la seguridad que dan los valores tradicionales, aspectos estos contrapuestos y a la vez complementarios. Las revoluciones del pensamiento arquitectónico, surgidas de la osadía y la ruptura, nunca han estado exentas, en su naturaleza íntima, del reconocimiento a los valores culturales tradicionales de cada sociedad. Ha sido, desde mi punto de vista, esta dosis de seguridad implícita y de respeto humanista la que ha permitido permear  y arraigar los nuevos movimientos  en la sociedad. Aún desde su revolución, los nuevos movimientos arquitectónicos respondían a un interés común y social, que les permitía arraigarse y condicionar el  nuevo desarrollo en virtud de un bien mayoritario.

La nueva arquitectura híbrida forma parte de una sociedad excluyente, solo accesible para la casta más alta dentro del consumismo, la que trata desesperadamente por mantenerse en esa cabeza de supuesta libertad y es automáticamente consumida y reemplazada en el infinito camino de las expectativas permanentemente insatisfechas.

La nueva arquitectura híbrida deviene en una criatura repleta de formas caprichosas, inquieta, absolutamente globalizada, que toma el mundo como un único espacio sin identidades diferenciadas, y por sobre todo, volátil. Es la arquitectura de la velocidad, del consumo insatisfecho, de las expectativas inalcanzables.

Resulta difícil diferenciar los valores esenciales del diseño arquitectónico para aislarlos del mero consumo, pero si tuviese que adivinar creo que mi elección estaría muy cercana al aspecto medular de la arquitectura vernácula,  que en síntesis sabe reconocerse  desde la cultura y el entorno geo-climático de su lugar de origen e historia, priorizando al hombre como el eje fundamental de su  razón de ser.

La arquitectura líquida gira en torno a su propio narcisismo y basa su existencia en tanto el hombre como un bien de consumo en sí mismo.

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Responses

  1. Dear Sergio,

    I like your webpage/blog (whatever it is called). I like its atmosphere and the way you look at things, which I share.
    I really look forward seeing you in a month in our dear Aiguablava/Es Cau, our refugio.
    Un fuerte abraço
    Thibaud.


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