Posteado por: Es Cau | julio 5, 2014

CONCIENCIA Y ARQUITECTURA

Sin darnos cuenta el amplio halo del trabajo y las responsabilidades van atrapando, poco a poco, entre suspiros y lamentos, la vasta geografía de las emociones. El ciclo diario, mayoritariamente enfocado en la productividad para la sobrevivencia nos encierra en esas dos dimensiones de los mundos planos, contenidos por bordes definidos, estructurados por reglas sociales y movimientos predecibles, que acaban transformando el trabajar, pensar o amar, en piezas de un rompecabezas imposible y, finalmente, el vivir en un velo transparente, un visillo de poco peso específico.
Ese peso específico que consiste en la retroalimentación creativa que proviene del balance entre las distintas aristas y diferentes cauces que nos proponemos desarrollar en torno a un eje conductor de vida, y que se diluye, hasta casi desaparecer, presa de la liviandad material y las promesas de una felicidad fácil de obtener.

Sin embargo en muchos casos, para la gran media de la sociedad occidental desarrollada, para ese mar silencioso de masas que cada mañana recorre las ciudades con un bostezo en la garganta, la edad nos da una última oportunidad para hacernos las preguntas correctas y tratar de buscar las respuestas adecuadas que nos permitan alcanzar a comprender esa energía que somos y que nos espera en algún recodo cercano.

Después de la adolescencia, perdimos la capacidad por cuestionar sin motivo todo lo que nos rodeaba, perdimos parte de la imaginación y creatividad que surgen con la inconsciencia, y pasamos a resumir nuestros interrogantes y a buscar soluciones solo como consecuencia de razones técnicas y realistas, condicionadas mayoritariamente por visiones mercantilistas y económicas.
En los incipientes años otoñales vamos recuperando, al fin, la capacidad introspectiva que nos empuja a volver a cuestionarnos desde una libertad ganada. La sociedad líquida empieza a desecharnos como bienes de consumo y con ello nos devuelve la oportunidad de la imaginación creativa…….y lo hacemos!

“El Todo es Mayor que la Suma de sus Partes”

Tengo la impresión que durante todo ese periodo profesional de personalidad ambiciosa, de éxito o fracaso, de especialización exacerbada, hemos alimentado un profundo desequilibrio emocional. Los rasgos de la permanente especialización técnica que la sociedad nos impone, han ido mermando y arrinconando la esencia fundamentalmente humana de cada uno, y con eso ahogando la comprensión del sentido de las cosas y su real trascendencia.

La educación occidental es cada vez más técnica, mas matemática y menos humanista, pero lo es, porque, en su obsesión técnica, en su tangencialidad por las preguntas fundamentales, en su servilismo al consumo materialista, no consigue articular las vastas comuniones que potencialmente existen entre tecnología, ciencia y humanismo, y no consigue por ende educar en la plenitud necesaria para el equilibrio holístico del conocimiento.

Hoy, los últimos avances cuánticos están convirtiendo a los físicos, llenos de preguntas introspectivas, en los nuevos filósofos capaces de congeniar ambos mundos, y devolvernos a un pensamiento más universal y equilibrado de la potencialidad del hombre.

Hace ya muchos años la arquitectura me regaló, como a todos los arquitectos, el privilegio consciente de la tercera dimensión, y desde ese abismo podemos trashumar por finas fronteras de equilibrios, buscar pausas y analizar el sentido de nuestra profesión, desde donde enriquecer la arquitectura como una necesidad social, pero también y sobre todo como expresión cultural.

Quizá ese sentido permanece hoy en las obras más pequeñas y apartadas, las que se descubren al girar sobre un paisaje inesperado, y que con un simple gesto lo enriquecen y se funden con él.

Me gusta pensar en algo así como una arquitectura de la conciencia, aquella que no puede ser solo la suma, aún con maestría, de las diferentes partes físicas que la componen, o la correcta y estética superposición de argumentos técnicos demostrables, sino la que conservando todas esas virtudes consigue además engendrar un vínculo con nuestra conciencia que la hace unitaria en un solo propósito. Es el intangible que hace a la obra “humana”, conectada con la experiencia consciente del hombre en la percepción de sus emociones, en el reconocimiento de sus raíces culturales, y enriquece su difícil cotidianidad.

La obra proyectada se conecta así con el individuo, no solo para dar solución a sus necesidades  domesticas de sobrevivencia, sino también para entrar, al menos, en el margen de las emociones, posibilitando una relación mucho más profunda con el entorno, cuyas enormes posibilidades están aún por descubrir.

No hay duda que la arquitectura debe aún superar muchas barreras, pero su destino ha de ir de la mano de las investigaciones técnicas, pero también humanistas, que por un lado nos sitúan en una realidad de infinitas probabilidades simultáneas y por otra entrelazan esta realidad con la conciencia de cada individuo y su poder de observación como piedra angular de los acontecimientos.

Somos Observadores.

Somos Observadores

Así como la física de las partículas subatómicas demuestra la importancia del observador para construir la realidad, también la arquitectura del futuro entrara en el mundo borroso de las probabilidades y su conexión con la conciencia. El hombre pasará de nuevo a ser el centro del origen del proyecto y todas las soluciones técnicas giraran en torno al hecho fundamental de una arquitectura por y para él, por y para la sociedad que desde ahí se deba construir.

 

 

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