Posteado por: Es Cau | noviembre 8, 2014

IMPERMANENCIA

Según la filosofía Zen permanecer es: “mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad”, y lo impermanente es: “la incapacidad de la realidad de mantenerse en un mismo lugar, estado o calidad”.

El cambio como capacidad para alterar y pertenecer al paisaje

El cambio como capacidad para alterar y pertenecer al paisaje

La arquitectura ha apostado mayormente por la solidez y la permanencia, basada en una concepción estática de los acontecimientos, que van modificándose solo al paso del recambio generacional.

Las obras son así atemporales salvo por los rasgos de estilo, moda y tecnológicos propios de cada época, y aun así, algunas, permanecen vigentes en las miradas retrospectivas. Hasta ahora la arquitectura ha sido por encima de todo “permanente”, es decir, ha querido “mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad”.

Sin embargo en esta nueva sociedad que nos engulle desde que la velocidad se ha adueñado de todo, donde los cambios que antes eran generacionales ahora son ajustes sin valor de tiempo y constantes, se requiere de una transformación en la forma de entender los espacios que nos cobijan y que dan uso a todas las actividades “impermanentes” de la sociedad líquida.

El poder evocador de un paisaje es tan cautivante como la contemplación del fuego, y su secreto no es otro que el cambio, la impermanencia de la sumatoria de sus elementos, la modificación constante de sus variables.

Con los pies por delante y la espalada reclinada sobre una tumbona oxidada puedo disfrutar de un paisaje amplio y profundo en el que participan una infinidad de contrastes. Me apresto a tratar de conseguir un registro completo y simultaneo de lo que está pasando en un instante preciso. Focalizo la cercanía de lo que tengo al alcance de la mano y a la vez lo extremadamente lejano que vislumbro como manchas desdibujadas, incorporo los pliegues laterales del paisaje que se forman en la oblicuidad lateral de mi vista, y lo reconstruyo todo junto con la centralidad de la visión primaria para fotografiar la instantánea del momento que ya pasó.

El paisaje vivo y el fuego existen desde la impermanencia de sus elementos. Son una cadena de acontecimientos que se reformulan cada segundo, y cada segundo es un nuevo escenario, estableciendo un magnetismo visual incapaz de encontrar un parámetro o un ritmo que nos permita dominarlo.

El constante desguace de la olas sobre la orilla, con la cadencia de un movimiento en esencia repetitivo pero en lo particular significativamente diferente cada vez, el deslizamiento de las nubes con ordenamientos aparentemente caprichosos o la percepción del aire a través del viento como un fluido que lo sumerge todo, nos muestra la vida como una constante de movimiento y cambio. Nada es para siempre, lo único permanente pareciera ser precisamente la impermanencia de la cosas en el continuo de la vida, la tendencia natural hacia la entropía, el caos, el desorden.

Giro la vista hacia un volumen blanco, la única muestra de arquitectura que se asoma en el recodo de un bosque de pinos,  es como un espectador, y me pregunto: ¿cuál es su capacidad de adaptación a un paisaje en constante e instantánea mutación?, y,  ¿cuál es su papel activo y participativo dentro de este escenario de velocidad y transformación?

La naturaleza esencial de cada actividad o materialidad le otorga una capacidad de adaptación frente al cambio, ya sea por evolución o por desgaste. Nuestra arquitectura, en el sentido generalizado, ha querido ser permanente en su función, duradera en su materialidad, y adquirir las propiedades de un sólido indestructible capaz de mantenerse en pie durante siglos. En el paisaje ha querido ser roca, solo alterable por el desgaste de sus materiales, y por tanto su presencia en el movimiento del entorno, bajo los parámetros de nuestro ciclo de vida generacional,  es testimonial y pasivo.

Esta solidez constructiva, representada fielmente en el hormigón armado, ha sido siempre una referencia desde los castillos medievales de piedra hasta hoy, y entendida como aquella construcción que quiere perdurar en su estado y concepción originales.  Es la arquitectura del refugio, el cobijo del hombre frente a su entorno.

Hoy en día, y en las sociedades que vienen, el concepto de “durabilidad” está mucho más ligado al de “adaptabilidad y transformación” y mucho menos al de fortaleza inexpugnable que puede permanecer por generaciones. Ya no se requiere de castillos sino de diseños y construcciones que alberguen las necesidades de una sociedad impermanente, cuya concepción del “cobijo” se encuentra en los espacios que saben adaptarse a la metamorfosis de las necesidades, y sean en consecuencia cambiantes a la misma velocidad.

Quien se anticipa y se adapta es quien subsiste,  esta realidad es ya antagónica con la arquitectura tradicional, la misma que aparece en mi  paisaje como un elemento pasivo, casual, que no es participe activo de los cambios que de forma constante se producen, y que son los que precisamente conforman la realidad de cada segundo.

La arquitectura debe acompañar al individuo y a la sociedad en su viaje de transformación, y contribuir activamente, no solo en crear espacios según las diferentes exigencias que van apareciendo, sino también en participar activamente de la propia génesis del movimiento de las sociedades. Debe entonces sufrir un cambio radical de concepción y materialización, para pasar a ser una variable capaz de adaptarse al modelo y al entorno en tiempo real.

Es obligada la fusión entre física y arquitectura para controlar la naturaleza de los materiales y modificar su esencia, y con ella la naturaleza de los espacios que conforman,  de acuerdo a las exigencias que regulan la impermanencia de la sociedad líquida en que vivimos.

Todo esta condicionado por el movimiento, hasta lo más estático

Todo esta condicionado por el movimiento, hasta lo más estático

Volviendo, por última vez, a nuestro paisaje, la  arquitectura ya no aparecerá como un volumen prístino y estático sino como una mancha pixelada en constante movimiento, al unísono con el oleaje, el vuelo de las nubes o una lluvia de verano. La arquitectura no solo se adaptará y fluirá con  el entorno sino que permitirá una relación más directa de éste con sus inquilinos y de éstos con sus realidades y percepciones, y será entonces, la arquitectura,  parte  activa y receptiva de la realidad cambiante dentro del fotograma que hagamos de cada momento preciso.

Nos acercamos a una arquitectura pixelada, borrosa, dinámica, sin límites exactos, sin usos predefinidos, vulnerable a los sentidos, sensaciones y sentimientos,  impermanente.

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Responses

  1. Me gusto mucho la concepción de una arquitectura en simbiosis con el entorno! En el mundo cambiante de hoy, esta sería la forma ideal de arquitectura, supongo. Respecto a la cadena de acontecimientos impredecibles, leí hace poco un artículo sobre el número áureo. Muchos de los procesos naturales se guían por una razón matemática… A lo mejor es posible ordenar parte del caos, y adaptarnos más fácilmente a él.

    • Gracias Niko, interesante comentario, voy a leer un poco sobre la naturaleza de las matemáticas y su relación con la entropía. En un principio parecierá que ésta tiende a un caos descontrolado, sin embargo el orden surge siempre después del caos. Quizá por ahí……


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