Posteado por: Es Cau | abril 19, 2015

AQUIETAMIENTO

Cuando era joven, de tanto en tanto, solía ojear el diccionario en busca de palabras desconocidas que me descubriesen el mundo oculto detrás de la composición de sus letras y el sonido de sus fonemas. Me llamaban poderosamente la atención aquellas que con su sola pronunciación podían describir de forma presente o potencial,  acciones, estados o tiempos. Palabras sujetas de alguna forma al movimiento físico o imaginario, pero siempre en relación a la capacidad del cambio que las acciones pueden provocar en el cuerpo y especialmente en la mente.

El diccionario era finalmente como un laberinto, un circulo infinito tras la búsqueda de la palabra perfecta, aquella capaz de sorprenderme conjugando un sonido delicado con un significado interesante y a la vez sugestivo. Aparecían así palabras increíblemente bellas, como “escafandra”, “apocalíptico”,”íctus”,…: y con todas ellas por algunos segundos trataba de abrir caminos de transición hacia su significado.

De entre todas, muchas fueron quedando gravadas en los entresijos de mi memoria buscando el momento en que con mis acciones de obra o pensamiento pudiese apropiarme de su significado y vivirlo en plenitud. Una de ellas, que en estos años de cambios inesperados he recordado con mayor asiduidad, ha sido “aquietamiento” (aquietar).

“Aquitamiento”,  me resulta una palabra interesante por cuanto en ella misma se establece a la vez  una acción, la del proceso de aquietarse,  y la potencialidad de un estado mental final contrapuesto al inicial, la quietud. No es válido el aquietamiento sino existe una quietud posterior  que lo justifique; por tanto en su significado existen tiempos diferentes.

Podríamos interpretarla como descriptiva de un proceso que casi simultáneamente expresa el tiempo en dos versiones, el que resulta de la acción a una velocidad determinada y el que exento de la misma transcurre sin embargo acompañando la quietud alcanzada.

Pronunciar “aquietamiento” nos da la oportunidad de imaginar simultáneamente ambas situaciones opuestas y ligarlas en una consecuencia de acciones que nos lleva a comprenderla en plenitud, y finalmente utilizarla apropiadamente.

Aquietarse es un proceso que cuerpo y mente utilizan para enfrentarse a determinadas acciones físicas o mentales. Podemos entenderlo, entonces,  como un portal desde el que trazar diversos caminos posibles que solo se nos ofrecen desde la condición de la calma interior alcanzada. No es, a mi entender, una palabra que solo describa una acción física sino que es más bien descriptiva de un cambio mental, que pasa desde un régimen convulso a uno de claridad en el silencio, nos acerca a un estado de meditación y podemos entonces valorarla desde la profundidad y alcance de nuestra imaginación.

Con algunos lenguajes de la arquitectura se pueden alcanzar similares sensaciones, siempre ligadas a las percepciones particulares de cada uno, pero no por ello exentas del valor de esa capacidad para generar emociones. Las proporciones, el movimiento de lo estático, la volumetría de la luz, el espacio socavado, los recorridos visuales, las vistas adivinadas, las dobles pieles…..en definitiva un submundo de intenciones explicadas desde la teoría, a veces acertadas y otras destrozadas por la evidencia y contraposición de lo cotidiano y simple.

La teoría de la arquitectura acaba muchas veces contrapuesta a la naturalidad de las propuestas que surgen de la simbiosis entre naturaleza, lugar y cultura, y las que desde su simpleza evidencian el error de los que pretenden conceptualizar cada propuesta, armando teorías muchas veces posteriores a la propia obra.

Las casas se pueden pintar de cualquier color siempre que sea blanco.

El blanco, para los occidentales mediterráneos, tiene esa cualidad lumínica que lo hace inigualable, pero su valor más profundo es la cercanía con la pureza de lo simple y la esencialidad mínima. Dota a las obras de una especial fuerza que se visualiza mejor  desde  las formas iluminadas y contrastadas, desnudas de otras intenciones que no sean las de generar espacios en positivo y negativo, juegos de entrantes y salientes, sombras, rincones intermedios, espacios en definitiva de diversa índole para cobijar o resguardar diversas actividades sociales o individuales.

Para oriente, sin embargo, la esencialidad de la arquitectura está en captar el enigma de la sombra, las pátinas perladas de los materiales y la penumbra del espacio vacío. Es un lenguaje menos frontal, que deja más a la interpretación, al descubrimiento y especialmente a la intimidad. Son arquitecturas pensadas para un viaje introspectivo, que se inundan de calma y silencio, muy lejos de la velocidad y el marketing occidental, que tiende a la simplificación de los contenidos para ensalzar los brillos y oros de lo superfluo.

El blanco, junto con el vidrio como material, representa mejor que ningún color la modernidad en términos occidentales, esa modernidad perfectamente representada por las prístinas, especulares  y transparentes tiendas de Apple, donde poco a poco se va transmutando la sociedad hacia un nuevo orden atomizado de individuos,  perdidos en su propio yo,  para los que la arquitectura todavía no ha encontrado un modelo que los represente.

Apple Store

¿Deberíamos los arquitectos aprovechar el egoísmo del yo para buscar nuevos espacios representativos de la sociedad del ego, o debiéramos luchar otorgando por el contrario diseños para reeducar en la vida social entorno al fuego? ¿Somos aun individuos rescatables para una vida en común, o estamos ya abocados al individualismo creciente?

La nueva arquitectura podrá buscar en la atomización de los espacios y usos, relativos a la individualidad del ego, sus nuevas raíces para reclamar un puesto en la avanzada vanguardia del deconstructivismo, o volver la vista atrás en un proceso de “aquietamiento” para repensar el trayecto y rescatar al hombre, su relación con el entorno y los procesos naturales de los que, inequívocamente, somos parte.

Espacios para el “yo”

Algo debiéramos ser capaces de aprender del oriente aún no occidentalizado, necesitamos un momento de calma, un remanso que nos distraiga por un instante para analizar cómo hemos mutado del hombre al ego, perdiendo la proporcionalidad  y la escala social.

Quizá sea el momento de “aquietarse” y repensar el camino.

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Responses

  1. “Corazon aquietado como el alma en silencio; oigo apenas el ruido muy lejano del mundo como un eco remoto que se ahogó en la distancia y que traen los vientos al oído inseguro.”


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