Posteado por: Es Cau | agosto 10, 2018

RECAPITULEMOS

Recapitular, según la RAE : “Recordar sumaria y ordenadamente lo que por escrito o de palabra se ha manifestado con extensión”, por tanto, no se debería utilizar para referirse a aquellas acciones o vivencias que no han sido transmitidas, sino solo vividas y almacenadas en la memoria.

¿Cuál sería entonces la palabra adecuada para referirse a recordar, analizar y sondear en los pasajes propios de la vida de cada uno?

¿Remembranzas?

¿Catársis?

Ninguna se ajusta exactamente a mi propósito. Se me antoja mucho más certera la expresión inglesa “revisit”, que según el diccionario de la lengua inglesa, sería: volver a visitar, re-examinar o re-evaluar después de un intervalo de tiempo, con una visión fresca.

Efectivamente se acerca mucho más a la intención de la mirada retrospectiva, desde la distancia que nos da el tiempo, para evaluar nuestras acciones pasadas, los aciertos, desengaños, dolores y alegrías.

Revisitar el camino recorrido es un ejercicio que requiere voluntad y paciencia, pero sobretodo objetividad, y para ello hay que saber controlar las emociones, porque revisitar significa recordar, y los recuerdos son ante todo emociones. Ningún recuerdo está exento de emoción, de sentimiento. Revisitar es volver a sentir, pero desde la presunta objetividad que nos da la distancia, la madurez, la generosidad, la autocrítica y las consecuencias de nuestros actos.

Toda nuestra línea de vida está construida a base de decisiones constantes, una tras otra, cada minuto, cada día, y algunas de ellas, sin saberlo, acaban siendo trascendentales. Somos una sucesión de presentes y de las decisiones que tomamos en cada uno de ellos progresivamente, siempre con la incerteza del futuro. Por eso, “revisitar”, nos permite juzgarlas desde ese futuro.

¿Volverías a escoger tu profesión actual? ¿Volverías a tomar las mismas decisiones sobre tus parejas?, ¿Volverías a ejercer tu profesión de la misma manera? ¿Consideras haber tenido un comportamiento honorable y ético? ¿Qué logros consideras más importantes, y qué fracasos más dolorosos?, ¿Qué personas considerarías como valiosos aportes?… en definitiva son tantas las preguntas que podemos enfrentar y tan complejas las respuestas, que es mejor, al menos por ahora, acotar el campo de acción sobre el que aplicar esta especie de “accountability” personal.

Volvería a ser arquitecto sin absolutamente ninguna duda, como cualquier profesión creativa, tiene la particularidad de ser capaz de entregar grandes recompensas emocionales con logros a veces solo significativos a nuestros ojos. Ser arquitecto y ejercer una arquitectura viva en este mundo de finanzas, números y rentabilidades,  es un logro gigantesco, lleno de travesías con clientes que muchas veces solo ven desde sus verdades absolutas, pero a la vez con la satisfacción de, a pesar de todo y ante cualquier encargo, buscar siempre un valor añadido. Un valor que le agregue al proyecto el alma que distingue la arquitectura de la mera construcción, sin perjuicio de las enormes dificultades que entraña la ejecución material de los proyectos.

Los arquitectos no tenemos un juramento hipocrático (ojalá tuviésemos la incuestionabilidad de los  médicos) pero ejercemos desde la convicción de que nuestro proyecto debe reconocerse en los valores que enmarca la arquitectura, y ahí radica la enorme dificultad de ejercer en este mundo prisionero del cortoplacismo económico, de los encargos sin más interés que las rentabilidades, y sin más proyección que la resolución práctica de una necesidad, olvidando el universo de intangibles que forman parte de la sociedad, y la relación, complicidad y afectación de cada proyecto con su entorno.

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Existe un diferencial, un delta, muchas veces poco significativo en un proyecto que genera diferencias exponenciales, pero suele estar escondido en los pliegues de la desconfianza del cliente con el arquitecto. La segunda ley de la termodinámica se aplica generosa y rigurosamente, la entropía suele ser más barata y genera mayores beneficios económicos que el orden y el equilibrio.

En ese océano de dificultades también hay lagunas ocasionales que nos permiten mantener la respiración y he podido ejercer desde la más absoluta confianza, con resultados siempre positivos y relaciones personales que perduran junto con la obra terminada. El paso del tiempo y el ejercicio profesional prolongado y variado, me ha dado finalmente la llave del éxito en la práctica arquitectónica, y es solo una: el respeto del cliente por nuestra profesión, cuando no existe, no hay proyecto posible, no hay diálogo constructivo, no hay concesiones, solo imposiciones. En ese momento el arquitecto debe ser prescindible.

Siempre he disfrutado enormemente con mis propias obras, y también las he padecido. Como decía un compañero arquitecto: “no hay nada peor que convivir con los errores de uno”, en referencia a por qué prefería no hacerse nunca la casa propia.  Soy testigo de ello, lo he sufrido, pero se supera en el momento en que somos capaces de darle temporalidad a la obra, y la vemos como el resultado de un momento concreto, bajo condiciones de proyecto específicas, y dejamos de juzgarla como una obra atemporal, capaz de ajustarse a los requerimientos de cada momento y a nuestra propia evolución profesional. Nada me produce más gozo que ver el mar invernal desde mi propio observatorio al calor de la chimenea, sin importarme si ahora lo diseñaría de forma completamente diferente.

En términos profesionales, la extrema juventud inicial y ahora la madurez posterior, han sido las etapas con más satisfacciones emocionales, porque en ambas hay un proceso de descubrimiento y novedad, no comparable con las etapas centrales, más desérticas, salvo hitos aislados donde la satisfacción residía mayormente en el esfuerzo empeñado por reconocerme en la calidad constructiva conseguida y la mínima validez del proyecto ante las condiciones del encargo.

Pero, ¿volverías a vivir lo vivido en términos profesionales?, ¿los 30 años fuera de Barcelona?

Treinta años dan para mucho y para bastantes dudas, pero objetivamente mi respuesta es un “sí” rotundo, ha sido una gran experiencia y agradezco a aquellos que la hicieron posible, si bien probablemente con 20 años de duración habría sido suficiente.

Salir de la Barcelona burguesa para enfrentarme a la realidad sudamericana y tratar de sacar adelante proyectos y obras de calidad fue un logro que solo pude conseguir con muchísimo esfuerzo y desgaste personal a lo largo de muchos años, especialmente los primeros, abriendo camino en cada nuevo país sin más ayuda que mi ilusión por un nuevo proyecto.

La experiencia fue profesional y humana, descubrir la pobreza no fue sencillo, en la construcción convivía con ella, con ella debía levantar las obras y con ella generar lazos de confianza. La garantía de éxito se sustentaba siempre en despojarse de todos los galones y arremangarse, poner el hombro en las tareas más sencillas, dar los buenos días, conversar y desde la confianza mutua conseguir resultados de calidad, con éxitos compartidos. El éxito no es nunca individual, siempre esta atomizado en pequeñas parcelas interrelacionadas, y debe validarse compartiéndolo, solo así se construyen lazos y compromisos para afrontar nuevos retos. Parece sencillo, pero he visto a muchos que incomprensiblemente prefieren colgarse los éxitos del conjunto como propios, y despojarse de las derrotas como ajenas.

Sudamérica fue una increíble escuela, aprendí a diseñar para construir con la materialidad existente, a sacar partido de lo local, lo vernáculo, aquello que ya existía y solo había que reinterpretarlo para darle un giro más actualizado, sin modificar sus técnicas constructivas ni precisar de mano de obra especializada. Cuanta mayor escasez de recursos, mayor fue el ingenio por diseñar un proyecto reconocible y de calidad, y mayores las satisfacciones. Encontré gente fantástica que se sumaban al esfuerzo por hacer algo diferente, hacían suyas las ganas y la ilusión, y también otros que preferían limitarse a la comodidad de lo conocido o relamerse ante las dificultades que enfrentábamos. Nunca fue fácil, pero siempre estuvo presente la satisfacción personal por el esfuerzo empeñado, a pesar de no ser siempre reconocido. De esa experiencia aprendí que nunca hay que esperar el reconocimiento ajeno sino el propio, que por otro lado suele ser más exigente y veráz.

La naturaleza de las empresas, las tareas profesionales y la diversidad cultural de los múltiples países en los que trabajé, me dieron la oportunidad de conocer muchísimas personas, principalmente relacionadas con la arquitectura y la construcción, y de todos ellos aprendí algo de la naturaleza humana, la diversidad como concepto de unidad, la búsqueda de lo común como garante de nuestras diferencias, el respeto mutuo para construir puentes. Pero no siempre fue fácil, más bien, casi siempre fue difícil navegar entre las diferentes visiones culturales y los diversos criterios de responsabilidad profesional, hay que gestionar y dar golpes de timón.

No todo es lineal,  después de muchos años de dedicación descubrí que hay quienes prefieren borrar de la historia a aquellas personas con las que alguna vez compartieron sus ilusiones profesionales, cuando lo pertinente sería ensalzarlas, porque desde la mutua confianza se hicieron grandes conquistas, y negarlas u olvidarlas es negar la experiencia propia y traicionarse a si mismo y los valores de ese momento. Los éxitos nunca son individuales, serían como un grito en el vacío, y las lealtades y la generosidad deben ser para siempre. Yo agradezco todo lo vivido, como una experiencia de vida única y reconfortante, que me ha enseñado en qué lado debo estar.

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Mis últimos proyectos a la fecha han sido de extraordinaria suavidad, como si se tratase de otra profesión, probablemente porque el destino ha querido premiar mis años revolucionarios con mayor sosiego, proporcionándome la oportunidad de obras en las que he podido expresarme con mayor libertad, confianza y reconocimiento.

Ahora toca un nuevo reto, volver a Barcelona, a las raíces, a la cultura propia tan acorralada últimamente, a la humedad de sus calles, a esa fuente de vivencias que ofrece una ciudad abierta al mar, a las influencias, al diálogo, al intercambio. Vuelvo a casa con la ilusión como bandera, lleno de años, seguramente para añorar profundamente este otro lado del océano, que ha sido tremendamente generoso conmigo, pero abriendo un nuevo capítulo para diversificar experiencias. El mediterráneo se me abre como un abrazo en mi regreso.

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Responses

  1. Que alegría leer sobre tus aventuras como arquitecto con tanto detalle. Espero disfrutes tu merecido descanso, que el mediterráneo toque tus pies y el sol tu espalda.
    Te quiere
    Nico

  2. Estimado Sergio.
    No sabía que volvías a Barcelona. Vaya cambio! Me imagino que sea para bien. Ya me contarás.
    Un abrazo.
    Alejandro

    • Hola Alejandro, cuanto tiempo sin comunicarnos. Cada vez que contactamos me acuerdo de los cangrejos de Guayaquil. Volveré a Bcn antes de fin de año, aún no sé cuando. Espero que podamos vernos de ahi en adelante y recuperar el contacto. Un abrazo.


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