Posteado por: Es Cau | abril 16, 2014

ARQUITECTURA LÍQUIDA

Desde hace ya bastante tiempo la imposición de la velocidad como regulador y condicionante fundamental en casi todos los aspectos de nuestro estilo de vida,  un estilo que no escogemos sino que nos engulle, ha estado presente en muchos de mis comentarios y artículos, tanto en esta revista como en mi blog.

La búsqueda de remansos que nos permitan observarnos y readecuar nuestra identidad de acuerdo a valores íntimos es una tarea compleja en la vorágine de la sociedad moderna líquida, pero resulta finalmente en una consecuencia inevitable, al menos en el último tercio de nuestras vidas.

Zygmunt Bauman nos ofrece un estupendo libro, “Vida Líquida”,  donde expone con absoluta crudeza el retrato de la sociedad occidental consumista en la que no encontramos inmersos, hasta el punto de ser esta condición  quien regula el desarrollo y nos ha convertido así mismo en bienes de consumo desechables.

Según Bauman en esta sociedad moderna líquida no hay tiempo para la consolidación de los hábitos o los logros en rutinas o bienes duraderos. La constante velocidad del cambio permanente despoja de valor cualquier logro personal o material, que inmediatamente pasan a ser pasivos y desechables. Sin valores referenciales  la sociedad moderna liquida queda abocada a un estado de permanente cambio, y sus miembros condenados a una vida líquida, insustancial, en la que acaban siendo devorados y desechados como bienes de consumo. Nadie puede, aun queriendo, seguirle el paso al ritmo que se nos impone desde el consumo, y acabamos en algún remanso tratando de ordenar nuestra vida en torno a un eje centralizador que nos devuelva la calma mientras le perdemos la pista a la punta de lanza de las últimas tendencias y exigencias del marketing social. Pasamos entonces a ser desechos y a perder parte de nuestra identidad social, pero empezamos a recuperar nuestra identidad íntima.

Aquella máxima anarquista de mis años de universidad que decía “paren el mundo que me quiero bajar”, se ha tornado en lo contrario, es la sociedad líquida la que nos desecha una vez consumidos.

agua

Un remanso de la velocidad líquida

Me pregunto si existe también una arquitectura líquida.

La construcción como motor del crecimiento es una de las piezas claves del consumo, tanto en su propia escala como principalmente en la referente a todo aquello que mueve de forma subsidiaria.  La arquitectura y el diseño son solo una parte, que podemos aislar, del inmenso volumen de la industria de la construcción, sin embargo, a mi entender, es precisamente este eslabón el que más cercano esta de la creación artificial de necesidades y tendencias de consumo.

Efectivamente el diseño, la cambiante forma de entender y vivir los espacios, los nuevos materiales ligados a estéticas o usos novedosos, la  propuesta de nuevas  formas relacionadas con cada moda pasajera, el cambio de texturas o colores según tendencias,  la incorporación de pieles tecnológicas,  en definitiva la evolución y marketing de propuestas de diseño aplicadas a la arquitectura generan un universo de nuevas necesidades ajustadas a una demanda artificial, alentada por la venta de expectativas y estatus,  de una sociedad que necesita del consumo para subsistir.

De entre la arquitectura diseñada es posible destilar aquella que responde a un perfil líquido, es decir la que no aporta en sustancia  nada nuevo más que la de generar expectativas de supuestas mayores libertades y logros tecnológicos per sé, que se corresponden con una globalización poco equitativa y confusa.

Esta nueva sociedad ha conllevado la aparición de una arquitectura híbrida, aquella que podemos definir como libre de todo condicionamiento, que goza de una libertad “librepensante” global y huye de las seguridades que nos dan los valores convencionales. Esta nueva arquitectura, solo al alcance de unos pocos, persigue en forma permanente la última osadía posible, no recala en circunstancias históricas, sociales o geográficas,  no se ancla a ningún valor referencial, sino que actúa de forma global y atiende solo a sus necesidades de forma, capricho y autocomplacencia, persiguiendo una luz de perfección inalcanzable y variable a cada instante. Sus proyectos son desechados una vez construidos o incluso antes, por las nuevas propuestas que surgen con  la misma superficialidad y antojo. Son obras despojadas de cualquier valor de permanencia  y ligazón con la sociedad o cultura a la que sirven, o a su entorno geográfico. Es la arquitectura instantánea de la impermanencia,  la más desechable de todas, la que pierde su valor en el mismo instante en que deja de ser novedad porque en el otro lado del mundo aparece otra propuesta cuyo único valor es precisamente esa novedad robada.

Quiero creer que existe un sabio y difícil equilibrio entre la búsqueda de mayores libertades y la seguridad que dan los valores tradicionales, aspectos estos contrapuestos y a la vez complementarios. Las revoluciones del pensamiento arquitectónico, surgidas de la osadía y la ruptura, nunca han estado exentas, en su naturaleza íntima, del reconocimiento a los valores culturales tradicionales de cada sociedad. Ha sido, desde mi punto de vista, esta dosis de seguridad implícita y de respeto humanista la que ha permitido permear  y arraigar los nuevos movimientos  en la sociedad. Aún desde su revolución, los nuevos movimientos arquitectónicos respondían a un interés común y social, que les permitía arraigarse y condicionar el  nuevo desarrollo en virtud de un bien mayoritario.

La nueva arquitectura híbrida forma parte de una sociedad excluyente, solo accesible para la casta más alta dentro del consumismo, la que trata desesperadamente por mantenerse en esa cabeza de supuesta libertad y es automáticamente consumida y reemplazada en el infinito camino de las expectativas permanentemente insatisfechas.

La nueva arquitectura híbrida deviene en una criatura repleta de formas caprichosas, inquieta, absolutamente globalizada, que toma el mundo como un único espacio sin identidades diferenciadas, y por sobre todo, volátil. Es la arquitectura de la velocidad, del consumo insatisfecho, de las expectativas inalcanzables.

Resulta difícil diferenciar los valores esenciales del diseño arquitectónico para aislarlos del mero consumo, pero si tuviese que adivinar creo que mi elección estaría muy cercana al aspecto medular de la arquitectura vernácula,  que en síntesis sabe reconocerse  desde la cultura y el entorno geo-climático de su lugar de origen e historia, priorizando al hombre como el eje fundamental de su  razón de ser.

La arquitectura líquida gira en torno a su propio narcisismo y basa su existencia en tanto el hombre como un bien de consumo en sí mismo.

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Posteado por: Es Cau | diciembre 25, 2013

¿A DÓNDE VAMOS?

Este decenio de crisis en Europa y Norteamérica ha vuelto a colocar a la arquitectura en un punto de partida para las nuevas generaciones. Durante años el diseño ha evolucionado  hacia formas cada vez más caprichosas, apoyándose en las nuevas tecnologías que el avance de los materiales permite, y a su vez imponiendo la quinta esencia de las terminaciones, cada vez más pulidas, continuas e impolutas.

Poco a poco hemos ido avanzando en el camino de reconocernos en una arquitectura prístina, transparente, levitando su pureza con estructuras que  la posicionan por encima de  la vulgar corteza terrestre, como  en “Oblivion”, la última película de Tom Cruise, y ese fantástico hábitat tecno-minimalista que apenas roza la tierra, confundiendo la realidad con la perfección estética, esa que se mira, se admira, se fotografía, se publica, se luce, pero es imposible de vivir fuera de un guion cinematográfico aséptico de sentimientos, necesidades y sensaciones humanas.

La evolución tecnológica y la creciente brecha en la desigualdad, permiten los conocimientos por un lado y los fondos por otro, para que la imaginación pueda ser una realidad. No hay techo para los sueños,  y estamos lanzados a expandir nuestros conocimientos y capacidades desde lo inmensamente pequeño de las partículas hasta lo fabulosamente ilimitado de la conquista del espacio. Da la impresión que estamos viviendo en la permanente necesidad por  extender  los márgenes de la realidad, pero olvidándonos del  tipo de mundo, que como una estela, vamos generando por decantación.

 No hay freno, ni económico ni moral, para construir un rascacielos unifamiliar de 27 pisos  y 37.000 m2 en una de las ciudades más pobres y atestadas de la India. Tampoco lo hay para confundir productividad con dignidad, y tampoco para que se sumerja el desarrollo en una burocracia paralizante, que desconociendo la realidad sigue insistiendo en inundarnos con fórmulas de control cada vez más complejas y sofocantes, en las que se ha perdido completamente el sentido común de la realidad presente.

Los políticos, verdaderos talibanes del mundo occidental,  siguen retroalimentándose en sus posiciones de privilegio, manipulando el mundo a su conveniencia, utilizando la democracia para perpetuarse, y justificando sus puestos con sobrerregulaciones y normativas  que aseguren la necesidad de nuevas imposiciones futuras que a su vez requieran de más legisladores.

Son los mismos que utilizan y promueven las arquitecturas icónicas para generar imágenes de conveniencia de realidades inexistentes. Resulta mucho más económico y vistoso sufragar los astronómicos gastos de estos elefantes blancos que tratar de mejorar la realidad social con inversiones menos espectaculares pero más racionales. Los políticos se han convertido en los principales mecenas de una tipología  en vías de extinción.

La arquitectura occidental es en gran medida la imagen y el pensamiento de este mundo de hoy, en el que el desarrollo está en un profundo desequilibrio y parece solo  avanzar por el camino de la ingeniería y la economía,  dejando de lado la contrapartida del conocimiento humanista. Los arquitectos, siempre condicionados por ese equilibrio frágil entre técnica, estética, costos, contenido simbólico y servicio social, somos parte importante y necesaria para el cambio de paradigma. Nuestro  aporte es fundamental, no para entender las sociedades o para diseñar literalmente castillos en el aire, sino para ayudar a converger el sentido humanista del espíritu humano con la marea tecnológica que nos invade. Nuestros proyectos y propuestas tienen que volver a la raíz humana,  aquella en que las propuestas, apoyándose en la tecnología de cada momento, apuestan sin embargo por  soluciones acordes con la búsqueda  del enriquecimiento cultural humanista  de la sociedad.

La elegancia de piedra y luz.

La elegancia de piedra y luz.

“Stonehage” se mantiene anclada y silenciosa en su paisaje casi desde el comienzo de nuestros días, los ingeniosos constructores no podía imaginar que su obra, con tan poco,  perduraría más allá de su tiempo e incluso del tiempo futuro, sin más ayuda que una presencia sólida, estática y sigilosa, sin más soberbia que la elegancia del material esculpido por la luz y la simbología de sus creencias.

Nuestros gigantes cuánticos, rebosantes de hallazgos tecnológicos que multiplican sus posibilidades, miran permanentemente a un horizonte cuantitativo en el que aquella nueva ingeniería que se dio inicio con la cúpula de Brunelleschi  ha devenido finalmente en un objetivo en sí misma, perdiendo precisamente el componente humano del Renacimiento y por consiguiente la búsqueda interior que iba aparejada con la creatividad y la revolución técnica.

El hombre renacentista preocupado por su devenir interior cristaliza la fuerza y pasión de sus ideales en una arquitectura que busca la majestuosidad exterior desde la riqueza introspectiva del conocimiento.

Del mismo modo “stonehage” responde a una búsqueda interior que se manifiesta con la fuerza de una idea  y la sencillez de un trazo único y poderoso. La obra representa un avance tecnológico audaz, pero sometido a  la carga emocional y simbólica que la valida, y la hace parte de la búsqueda del conocimiento.

Me pregunto si la actual crisis pondrá de nuevo a los arquitectos como piedras angulares de la sociedad, para  que vuelvan a los trazos simples y generosos, en los que las ideas van mucho más allá que la técnica y son capaces por sí mismas de establecer pautas de desarrollo social. Quisiera creer que volveremos a considerar la obra proyectada no como un fin en sí misma sino como el resultado de una necesidad, y que dejaremos que las obras singulares de neón ocupen el lugar que por derecho tienen, pero sin opacar la distancia que hay entre ellas y la arquitectura que a través del diseño experimenta con dar solución a ideales de mayor trascendencia para la sociedad.

Posteado por: Es Cau | septiembre 26, 2013

ARQUITECTURA EN TIEMPO REAL

El poder evocador de un paisaje es tan cautivante como la contemplación del fuego, y su secreto no es otro que el cambio, la impermanencia de la sumatoria de sus elementos.

Con los pies por delante y la espalada reclinada sobre el cojín de una tumbona oxidada puedo disfrutar de un paisaje amplio y profundo en el que participan una infinidad de contrastes. En el ajustado encuadre de mi vista compagino la sensación de cercanía de lo que tengo al alcance de la mano con la percepción de lo extremadamente lejano que solo vislumbro como machas desdibujadas. Desde la oblicuidad de mi campo visual conformo los pliegues laterales que contienen el paisaje, mientras voy  focalizando y enfocando cada área para prestar la correcta atención a los hitos concretos que me permitan realizar un registro simultaneo de toda aquello que hace posible el aquí y ahora de lo que estoy contemplando.

¿Por qué es tan difícil de contener y de recordar de forma fiel un paisaje?

¿Por qué son tan difíciles de abarcar con una sola mirada?

La repuesta está en el cambio, la modificación constante de todos los elementos que conforman su unidad. El paisaje se declara como vida, y la vida solo transcurre dentro de un movimiento continuo basado en la interrelación de sus partes. Nada es permanente y el fotograma de cada segundo que conforma la realidad presente de cada instante está sujeto a las infinitas variables de las relaciones entre los diferentes componentes. Así, el paisaje no puede ser contenido dentro del vacío de una mirada fotográfica, sino solo desde la percepción y registro del cambio continuo.

El  paisaje registra una cadena de acontecimientos y cada segundo es un nuevo escenario. Se manifiesta como el fuego, que modifica sus llamas, color, intensidad y calor de forma constante, provocando un magnetismo visual ante la imposibilidad de encontrar un parámetro, o una cadencia repetitiva, que nos permita fotografiarlo en nuestra mente y hacerlo nuestro.

Cada segundo es otro paisaje.

Cada segundo es otro paisaje.

El desguace ininterrumpido de la olas sobre la orilla, con la repetición de un movimiento en esencia idéntico pero en lo particular significativamente diferente cada vez, el deslizamiento de las nubes con ordenamientos aparentemente caprichosos o la percepción del aire a través del viento como un fluido que lo sumerge todo, nos muestra la vida como una constante de movimiento y cambio. Nada es para siempre, lo único permanente pareciera ser precisamente la impermanencia de las cosas y los estados en el continuo de la vida.

Concentrado en mi intento por domesticar el paisaje me fijo finalmente en un volumen blanco, estático, casi imperceptible entre los relieves en movimiento de los pinos, casi la única muestra de arquitectura y me pregunto:

¿Cuál es su papel dentro de este escenario de cambios, y cuál es su capacidad de adaptación a un paisaje en constante transformación?

La naturaleza esencial de cada elemento le otorga una capacidad de adaptación frente a los cambios, ya sea por evolución o por desgaste. Nuestra arquitectura, en el sentido generalizado, ha querido ser permanente, duradera, adquirir las propiedades de un sólido indestructible capaz de mantenerse en pie durante siglos. En el paisaje ha querido ser roca, y por tanto su presencia en el movimiento y tempo del entorno es testimonial.

Esta solidez constructiva de la arquitectura ha sido siempre una cualidad desde los castillos medievales hasta hoy, y entendida como aquella construcción duradera en el tiempo, capaz de resistir los embates del devenir y  la naturaleza gracias a su fortaleza de diseño y materialidad.

La fortaleza como valor.

La fortaleza como valor.

Hoy en día, en las sociedades que vienen, el concepto de durabilidad estará mucho más ligado al de adaptabilidad al cambio y a la transgresión,  y mucho menos al de la fortaleza inexpugnable que puede permanecer por generaciones.

El desarrollo de nuestra sociedad ya no se rige por el concepto “tiempo”, sino por el de “velocidad” y “cambio”. Quien se anticipe y adapte mejor a las constantes modificaciones que suponen una vida basada en la velocidad, es quien subsistirá en mejores condiciones. Esta realidad es ya antagónica con la arquitectura tradicional, la misma que aparece en mi  paisaje como un elemento pasivo, casual, que no es participe activo de todos los ajustes que de forma constante e instantánea se producen, sino que solo los contempla.

La arquitectura que ha de venir es la de la participación camaleónica con el ajuste, tanto a las necesidades del hombre como a las de su entorno, en cada momento. De esta forma, en nuestro paisaje, el volumen blanco ya no será un faro inexpugnable expuesto a los elementos, sino que se adaptará a ellos en tiempo real y su durabilidad no estará basada en la solidez de sus materiales, sino precisamente en oponer la menor resistencia al desgaste, y en ser cada vez aquello que la dinámica de su entorno y las circunstancias de sus ocupantes le pide.

Los drásticos cambios que estamos sufriendo en este afán irremediable por vivir a la velocidad infinita del tiempo presente, obligan a una fusión de física y arquitectura para controlar la naturaleza de los materiales, la geometría de estructuras imposibles, el movimiento constante de los volúmenes, la transformación de los espacios o la coloración de las fachadas, entre otros, y coexistir con este nuevo paradigma de la velocidad. La durabilidad de la arquitectura, en los términos conocidos, lejos ya de ser un valor acabará siendo un ancla a un pasado instantáneo que ya nadie reconoce ni quiere.

Así nuestra arquitectura ya no aparecerá como un volumen prístino y estático en el paisaje sino como una mancha pixelada en constante movimiento, al unísono con el oleaje, el vuelo de las nubes o una lluvia de verano, en coordinación con las necesidades, ansiedades y ánimo de sus ocupantes, cuyas vidas se van convirtiendo poco a poco también en imágenes borrosas.

Es finalmente, la arquitectura en tiempo real.

Posteado por: Es Cau | julio 6, 2013

HAIKU 2

“HOY EL HORIZONTE

                                      ES UNA LINEA DIFUSA Y EXTRAÑA.”

-SAB-

La vida es río y es cambio, y los cambios traen incertidumbre.

Los rápidos nos obligan a buscar el remanso para distinguir de entre la espuma, la velocidad.

EN EL REMANSO.

EN EL REMANSO.

Posteado por: Es Cau | mayo 15, 2013

HAIKU

“SEA LO QUE FUERE,

                              FUE DIFERENTE.”

-SAB-

“Haiku”, pensamientos breves  de poesía tradicional  espiritual japonesa,  que ayudan a dar luz sobre un momento presente.

Siguen reglas compositivas, algo que he obviado en este “Haiku”  que apareció mientras trataba de explicarle a mi maestro de meditación las nuevas sensaciones que había experimentado en la sesión. Detrás de esta frase subyace la búsqueda  de lo desconocido en los entretelones de la conciencia.

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El “Haiku”, como yo lo veo,  es en sí mismo un ejercicio de síntesis, que nos ayuda a fotografiar el instante vivido y extraer de él aquello que le da validez espiritual o emocional. Desde mi punto de vista esta, sin embargo,  mucho mas ligado a las sensaciones inconscientes que el momento provoca,  que a la voluntad consciente de buscar una idea que lo represente. Es pues mucho mas intuitivo que racional.

Posteado por: Es Cau | mayo 10, 2013

ARQUITECTURA Y FÍSICA CUÁNTICA (divagaciones neófitas)

¿Qué diablos tiene que ver la arquitectura con la física cuántica?

Nada y todo.

El futuro es inalcanzable

El futuro es inalcanzable

Desde hace un  tiempo estoy asomado por la ventana de la ciencia viendo pasar las noticias de los avances de la física de las partículas y los razonamientos y opiniones que de todo ello se desprenden en variados ámbitos. Conviene matizar que la mayoría de estos conocimientos o especulaciones son de mediados del siglo pasado, pero que sin embargo, no ha sido hasta ahora que se han hecho más domésticos después de la gran expectación generada por las pruebas del CERN en su búsqueda del Bosón de Higgs.

La primera sorpresa fue asimilar que desde el mundo subatómico de lo inmensamente pequeño podíamos llegar a desenmascarar la infinidad del cosmos y su historia, o comprender desde otra realidad las creencias divinas que han acompañado al hombre desde su despertar.

La teoría universal de la física newtoniana basada en la acción-reacción queda finalmente relegada a un limitado ámbito de actuación, diríamos que de alguna forma doméstico o cercano a la escala humana de lo cotidiano, mientras que en el universo paralelo  de lo inmensamente grande o infinitamente pequeño la realidad se rige desde otros parámetros, los que desde nuestra mente y lógica newtoniana nos parecen, más que improbables, imposibles.

En un caso la teoría de la relatividad ya es un referente conocido, mientras que en el otro, los nuevos avances nos indican que en el cosmos subatómico las partículas pueden existir simultáneamente en diferentes estados hasta hacer sobre ellas una observación que lo defina, conocido como el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, que a su vez puede imaginarse con la teoría del “Gato de Schrödinger”, aquella en la que se discute sobre la posibilidad de que un gato dentro de una caja este vivo o muerto como resultado de la activación o no de un dispositivo con veneno. La teoría cuántica nos dice que el gato se encuentra en los dos estados a la vez: vivo y muerto mientras no se abra la caja y se observe. Es decir ambos estados se mantienen como probables y posibles.

En términos muy domésticos y según algunos autores, la simple observación puede determinar la posición de las partículas subatómicas, por lo que existe un nexo entre las posibles infinitas posiciones y aquella en el que el observador espera que estén. De ser así nos encontramos ante la posibilidad de condicionar, modificar o alterar la realidad, dependiendo de nuestra observación.

Las nuevas tecnologías íntimamente relacionadas con los avances de la ciencia en campos tan desconocidos como el subatómico, ya permiten modificaciones moleculares de determinados materiales, por ejemplo el vidrio, para controlar algunas de sus características, alterando su funcionalidad al gusto del usuario.

El control subatómico de la composición de los materiales sin duda abrirá un espectro de posibilidades aún inimaginable, que se iniciará probablemente con el uso y abuso de la tecnología del escaparate y los edificios de firma a costos estratosféricos. No puede ser de otra forma, y por tanto hay que celebrar que así sea, pero siempre y cuando sus infinitas posibilidades permitan, con el tiempo,  conseguir por medios asequibles espacios habitables más humanos y viables para dignificar la vida de los ciudadanos.

Pensando en términos de ciencia ficción, quizá podamos un día construir edificios basados en el control vibratorio de las partículas modificando su materialidad visual, propiedades y características “al gusto”. Quizá podamos mover, transformar, perforar o eliminar los muros modificando su longitud de onda y jugar con los espacios interiores de las viviendas con absoluta libertad, convirtiendo finalmente los edificios en entes moldeables y “vivos” en respuesta a las necesidades en tiempo real de sus ocupantes.

Quizá también sea posible que el Principio de Incertidumbre nos permita incidir como observadores para determinar el resultado final de la obra, y con ello el proyecto de arquitectura deberá recoger en su planificación un enorme abanico de posibilidades “posibles”, complejizando el proceso de diseño y añadiéndole valor.

Incluso quizá el término “construcción”, ligado inconscientemente a la solidez de lo permanente como un valor, desparezca y sea substituido por un término mucho más pasajero  que potencie precisamente la movilidad y la adaptación al tiempo real. Más que nunca la arquitectura se trasformará en un camaleón.

Todo se vuelve enormemente complejo y muy lejano a nuestra comprensión newtoniana, pero la realidad cuántica provocará en el futuro cambios profundos en nuestra vida, y la arquitectura, en tanto herramienta fundamental para tejer las sociedades en espacios de vida y comunidad, deberá con anticipación, entender primero y proponer después.

Los arquitectos lejos de ser  la figura que se diluye entre ingenieros y técnicos especialistas, deberán volver a su florecimiento renacentista, pero sin pretender abarcar el control de las tecnologías, sino buscando la sociología de dichos avances y desde ellos la re-interpretación de la arquitectura y las ciudades.

El retorno del Arquitecto Renacentista

El retorno del Arquitecto Renacentista

La voluntad del arquitecto no solo decidirá sobre la consideración de determinadas técnicas constructivas, o la inclusión de avanzadas tecnologías en su proyecto, sino que mucho más allá de eso re-descubrirá el componente ejecutivo de la “voluntad”, la voluntad de decisión sobre el Principio de Incertidumbre que envuelve al proyecto, desde su trazo inicial hasta el resultado final, y deberá además considerar al ocupante de su obra como una variable añadida que provocará cambios continuos en la obra “material”.

La arquitectura del nuevo arquitecto renancentista será mucho más líquida, y los cambios provocados por las voluntades introducirán el movimiento de masas, volúmenes y fachadas en la ciudad, que acabaran convertidas en un juego de oscilaciones, modificaciones visuales y  vibraciones. Pasaremos de las luces de neón a la imagen borrosa del cambio permanente, la ciudad en continua transformación. El arquitecto deberá diseñar sobre la base del movimiento de su obra en torno a una infinidad de posibilidades, cambiando completamente la aproximación conceptual al proyecto, que pasaré de ser sólida y estática, a entenderse como energía en permanente transformación.

Este infinito mundo de posibilidades entre diseño, uso y materialización, se abrirá a la voluntad de la razón y con ello a la recuperación del arquitecto humanista, del que el conocimiento ingenieril de la tecnología será solo una pieza en su lugar correcto.

Haciendo un acto de ilusionismo mágico pareciera que la técnica deberá aceptar a la “voluntad” como una nueva herramienta  capaz de incidir dramáticamente en los resultados. De esta forma los caminos muchas veces contrapuestos entre ciencia y espíritu, se cierran en un círculo por descubrir.

Pero, ¿cuál ha de ser la “voluntad” y cómo se manifiesta?

Posteado por: Es Cau | septiembre 15, 2012

VIDA CIRCULAR

La sensibilidad que tenemos hacia nuestra propia energía se va retroalimentando con el legítimo punto de vista cambiante de la edad, llenándonos de incógnitas, reproches y cuestionamientos, que nos permiten avanzar en la sabiduría que la experiencia de vida nos va depositando.

El paso del tiempo va modificando la forma en que administramos esta fuerza interior que nos habita, y se manifiesta entonces rebelándose en los límites de cada etapa para abrirnos las puertas que nos han de llevar hacia otros estados.

Me hago cargo de la ineludible linealidad física de la vida biológica, y de esta misma linealidad que en occidente aplicamos al crecimiento de nuestras mentes y al desarrollo científico y tecnológico. Pareciera sin duda que siempre avanzamos, que el devenir consiste en un crecimiento direccional hacia estados, lugares o realizaciones siempre de mayor complejidad, en una carrera sin fin, sin descanso. Todo a nuestro alrededor se ha vuelto vectorial: el tiempo, el crecimiento interior, el éxito y el fracaso, todo medido en los términos unidireccionales del tiempo y de la  dictadura del “más es mejor”.

A los occidentales nos salva en el último tercio de nuestra vida la proximidad de la frontera final que nos da la oportunidad de recapacitar y doblar el tiempo,  y desde ahí proyectarnos de forma circular. El único avance posible se convierte en un retorno, y así podemos experimentar la necesidad del autoconocimiento, libres ya de esa presión por el crecimiento en términos matemáticos.

Acuñamos entonces un término mágico, más propio de las culturas orientales, que es la masividad en lugar de la linealidad, o dicho de otra forma una manera de entender el crecimiento desde una sensación oceánica. Somos un todo, sin principios ni finales, un vasto océano que nos permite movernos en todas direcciones a la vez, sin vectores que indiquen caminos preferentes, sino senderos sinuosos, circunvalaciones y rutas trazadas por la búsqueda del autoconocimiento con los tiempos propios de cada uno, no necesariamente cronológicos,  en un crecimiento equilibrado entre conciencia, cuerpo y entorno.

Conciencia Oceánica

Para aquellos que dudamos de esta concepción teísta cultural  y religiosa, aparecen preguntas cuestionando el modelo, o al menos buscando en el modelo su evolución hacia una nueva propuesta que se equilibre con la realidad del conocimiento humano actual,  y que nos guie desde la profundidad cuántica hacia una visión mucho más cósmica de lo que somos.

Ya no es evolucionar “desde” el uno, sino “hacia” el uno, abandonando los sueños siempre inalcanzables del exitismo, para centrarse en las búsquedas  de un equilibrio oceánico, mesurado en todas sus aristas, suave, desposeído de urgencias  y preocupado mucho más de la tranquilidad que otorgan las pausas que de los saltos vertiginosos hacia paraísos artificiales. Interiorizando un proceso mental de atención, para que desde una óptica de observador, podamos comprender los procesos que suceden a cada segundo, y vivir entonces el tiempo como una sucesión de presentes.

Los cambios son parte de la necesaria metamorfosis del desarrollo lineal porque nada es para siempre, ni la juventud, ni la salud física, ni las condiciones externas que con esfuerzo  conseguimos, y es por ello que una concepción oceánica de nuestra existencia puede prepararnos con antelación para combatir las decepciones  que conlleva la linealidad, o de ese querer abarcar la inmensidad sin un gramo de peso específico.

Nadie puede mantener su vida inalterable, tangencial al paso de los ineludibles acontecimientos, sobrevolar sin profundizar, correr sin haber caminado suavemente, evolucionar en su conciencia íntima sin antes haberse dado un tiempo para meditar. Hoy en día el pensamiento circular es ineludible en el transcurso de una vida lúcida, lo importante es que en este tiempo de evolución hacia una mayor síntesis de creencias, podamos articular al menos una idea propia sobre la necesaria simbiosis entre cuerpo y mente para canalizar la energía que somos, y hacernos parte del todo oceánico.

Posteado por: Es Cau | septiembre 1, 2012

INTERVENIR, MIMETIZARSE, POSARSE O ACOMODARSE

Hoy aparece en las noticias una reseña sobre el premio internacional recibido por una vivienda sostenible en Alaska, diseñada por la UdG (Universidad de Girona). En el breve artículo se mencionan algunas de las características del proyecto, entre las que se destaca su mínimo impacto sobre la flora y la fauna local al situarse de forma elevada sobre el terreno, característica que parece bastante lógica si el planteamiento se refiere a un lugar remoto y de difícil acceso, donde el artefacto-vivienda deberá colocarse sin un posible reconocimiento ni trabajo previo del suelo.

A partir de ahí me parece interesante reflexionar sobre la forma en que cada uno a lo largo de su carrera ha ido posicionando sus proyectos en relación con el sustrato de apoyo y su entorno, y de si esa decisión de proyecto ha sido con el tiempo validada por el uso de la obra. Me refiero específicamente a aquellos proyectos situados en entornos donde el arquitecto puede optar entre una diversidad de opciones, y cuya elección será muchas veces la base del carácter del diseño en su conjunto, con implicancias en la forma y sentido de su ocupación.

De forma muy básica podemos enfrentar el proyecto desde la intervención masiva del terreno, la mimetización con él, el apoyo liviano,  o simplemente el acomodamiento a sus características. Determinaremos así la forma en que el futuro usuario se relacionará con el entorno inmediato, y el paso del tiempo nos dirá que tan exitoso ha sido nuestro planteamiento al enfrentarse con el objetivo final de la vivienda que no es otro que el de “vivir en ella y en el lugar”.

Los planteamientos de intervención masiva, aquellos en los que la idea preconcebida del proyecto toma mayor fuerza que el propio entorno, o dicho de otra forma, aquellos en los que el arquitecto trata de moldear el entorno y el cliente para que se ajusten a su proyecto y no al contrario, suelen desembocar en un resultado confuso con la realidad circundante más allá de la propia parcela intervenida, y generándole al usuario condicionantes artificiales.

Las propuestas de implantación que tratan de mimetizarse y desaparecer para devolverle al paisaje su condición anterior, buscan “estar” sin ser vistos, de participar del entorno a escondidas,  son el  punto de vista de un observador que esta impedido de hacer “suyo” el lugar  y prefiere disfrutarlo desde una vitrina.

Las soluciones livianas, aquellas que, como el proyecto de la UdG, tratan de alunizar en los paisajes sin apenas rozarlos y disfrutar de ellos desde cierta distancia y asepsia, están inevitablemente ligados, desde mi punto de vista, a la transitoriedad de sus ocupantes, que consumen el paisaje temporalmente y desaparecen, o como en el caso del concurso de Alaska, a unas condiciones climáticas extremas que impiden que se pueda desarrollar una conexión tangible con el exterior.

A esta tipología me recuerdan las fotos que nos llegan del “Curiosity” desde Marte, con paisajes intocados vistos desde la atalaya de un artefacto que se posa y consume las vistas y sensaciones de su entorno desde la mayor asepsia posible, cambiando incluso de posición sin dejar apenas rastros de su recorrido.

Cada proyecto tiene un propósito, y para cada uno existe un planteamiento que se ajusta en mejor medida a sus necesidades,  especialmente cuando se trata de propuestas para usos muy específicos y condiciones particulares.  Sin embargo a veces nos empecinamos en querer imponer y justificar condiciones rebuscadas cuando  para el común denominador de las propuestas, como bien dicen los budistas, el camino correcto suele ser “el camino de en medio”, que será aquel que se nutra del diálogo entre la naturaleza human y su entorno, sin olvidar que las intervenciones inteligentes del paisaje pueden construir nuevos equilibrios y generar profundas sensaciones.

En mi experiencia los mejores resultados globales, tanto de proyecto como de uso, son aquellos que se posicionan en el lugar acomodándose al entorno topográfico, visual y climático, de una forma natural y sostenible,  guiada por los sentidos y la lógica. Pero no se trata de ver el entorno como una postal intocable, sino de intervenirlo con la voluntad de pasar a ser una parte activa de él y de su equilibrio.

En uno de mis proyectos, una casa de madera frente al Pacífico Sur, con orientaciones y vistas contrapuestas, decidí desde el proyecto que la singularidad de su implantación me permitiría generar en torno a la fachada norte un espacio orgánico de vegetación, muros de piedra, sombras y cercanía con la vida domestica, como un jardín recogido y centrípeto; mientras que desde la fachada Sur, hacia la inconmensurable vista del océano, con la casa levantada sobre pilotes, proyectaría una plataforma-terraza de madera suspendida como un mirador expuesto al viento y a las sensaciones, empopada sobre el paisaje.

Fachada Sur Original

Que buen contraste y que extraña oportunidad la de poder saltar entre dos ambientes contrapuestos, conectados visualmente pero separados por los 5 mts de ancho de la casa refugio. El tiempo y el uso causaron inmediatos estragos en aquella teoría que pretendía dividir la casa y la forma de usarla entre dos opciones radicalmente diferentes. La fachada sur, aun bajo condiciones de bajo asoleo y viento, fue transformada hasta ligarse con la tierra, echar raíces de piedra sobre ella y peinarla con vegetación, manteniendo intactas las sensaciones originales de volar sobre el paisaje y sentir el viento erizando la piel, pero esta vez con un pie a tierra y el océano como bandera.

Fachada Sur moldeada por el uso.

El tiempo le dio la razón a la lógica, aquella que nos acerca mucho más a nuestra naturaleza humana y terrestre, que a la asepsia fotográfica del minimalismo artificial y las teorías de la estética arquitectónica cuando tratan de imponer moldes de comportamiento, instruyéndonos en el cómo y cuándo debemos ver las vistas, sentir el viento o refugiarnos bajo una sombra.

Nuestra propuesta debiera precisamente “solo proponer”, para que sea el usuario quien finalmente, intuyendo la potencialidad de cada lugar, los haga suyos desde su particular forma de vivirlos.

No en vano, la casa Ugalde de J.A.Coderch, sigue siendo un faro en la distancia.

Posteado por: Es Cau | junio 7, 2012

BLANK SPACE – LIMITS

Void: lack of physical or psychic content.

Space: a contained void.

In our minds, a void is essentially associated with our physical and experimental idea of matter. When we refer to it, we immediately apply the negative counterpart to give it a size. We do not, therefore, understand it in itself, but need a framework of reference to comprehend its limits and hence give it body.

A physical void not only implies the absence of something tangible, but also the existence of an outline that allows us to give it scale and shape, to identify it and consequently interpret it in its architectural dimension. The void is thus a solid in itself; one which we can sculpt by generating its outline like a mould.

Architects can mould emptiness as the remaining space left within the design of their boundaries; in other words, like something contained. Otherwise, they can define architecture within the framework of the volume of the inner void. These are two ways of approaching a project; in one, the inner space is the result of an outer vision, while in the other, the genesis of the design happens from the inside, giving the void an outline.

Finally, we can conquer the void and even give it shape, but always based on accepting the existence of a perimeter that helps us to understand it, giving it a use and an application.

The architectural void, the space which is only measurable through its surroundings, is thus the raison d’être of architectural work, the one that endows it with its purpose of use and shelter, like a liquid that needs to be moulded without draining away. Whatever the approach to the habitable project may be, the final project, in terms of its scale and level of success, is essentially interior.

Somos Piedra.
We are stone.

Not every architectural work seeks out an aesthetic equilibrium beyond the appropriate resolution and wealth of their inner voids, resolving the functions and uses of the project’s purpose. Today, many of the giant glass constructions, with all of their defects and few redeeming features, are planned from a reverse perspective, along the lines of a reversible jacket. It would seem that they are really being designed around the exterior void, and all that effort concentrated on designing boundaries is not seeking the dimensionality or interior enrichment, but rather projecting towards the exterior void as a mark of its identity. The interior functions, often dull and homogenous, have catapulted design from its limits towards the exterior; in other words, from the interior three-dimensionality associated with human use and scale, to an exterior three-dimensionality on a large scale with high impact, associated with the understanding of the purpose of the building in line with more distant and even capricious interpretations. Nevertheless, there are just a few projects that definitely succeed in turning three-dimensionality outwards without falling into the Mannerism of being “even more complicated”. Probably Sydney Opera House is the most classic example of the success of the reversible jacket, being a 3D building par excellence that is not associated with its use but with its surroundings, and thereby with a value and grandiloquent scale for which its interior value is not the important thing but rather the way in which its shape moulds the exterior space.  The result is still, nevertheless, an insurmountable and intransitive rock.

They are two disparate models.

What happens, then, when we break the boundaries of the contained space in search of a transitive architectural style?

Somos Paisaje.
We are landscape.

If we get rid of some of the retaining outline, what we are doing is allowing our void to dissolve and expand to limits that we cannot control, and we find ourselves with the architecture of intermediate spaces which, without losing interior dimensionality, allows a greater inter-relation with its surroundings, to the point of finding the difficult equilibrium between contained spaces and those unlimited ones that we can only feel through intuition. The design of the project therefore adopts a different position when relating to its surroundings, allowing them to penetrate and form part of the limits of the design or, conversely, allowing the architectural limits expand to become part of the landscape.

In this way the project takes on a cinematographic dimension, and architecture finds itself with the difficult challenge of dominating it, incorporating an unlimited boundary into its design and, along with it, the vast number of sensations that this symbiosis might awaken in the user. The difficult task of the projectionist will be to dominate these sensations, controlling them or provoking them by opening up the limits of the architectural void to the landscape.

Many of us will certainly call to mind Frank Lloyd Wright’s “Fallingwater” as the archetype of a space that plays with the limits of the natural surroundings and incorporates them into its own universe with such a mastery that it not perceived or inhabited from within, but from outside. In other words, the maestro succeeds in producing his architecture from the exterior void, as if the design were the result of applying boundaries to the landscape and, from them, constructing the interior space, but with the peculiarity of keeping the usage and human scale under control. It is a process which is certainly the opposite of the norm, but which, in contrast to Sydney Opera House, is a transitive architectural style, allowing the enrichment of the interior as well as the exterior, creating a building with diffuse physical and spatial limits, and consequently camouflaged and integrated with its surroundings.

The fundamental question is: how much of this can we incorporate into our daily domestic architecture in order to make it more at one with the environment and with the essence of mankind?

Somos vacio.
We are void.

If we were able to take just a little from “Fallingwater” to use in every block of social housing we design, sited in urban districts, we would genuinely start to sow a seed of emotional sustainability and to think of architecture in terms of its interchange with a fluid exterior, thereby allowing its users to enjoy a more enriching design.

If we reverse the centripetal concept of housing currently used, whereby we create universes within four walls, disconnected from their surroundings, for users who end up withdrawn into isolated worlds; and if we also design looking towards the exterior, or from the surrounding environment looking towards the interior, seeking out a centripetal connection between the user and the reality that surrounds him, we will start to open up areas of increased commitment to a more humanist lifestyle that is in harmony with Mother Earth and the very nature of man.

The most direct consequence of this way of approaching a project will be the improvement of desolate urban areas which will also be enriched by the transitivity of their boundaries.

Sustainability and the green architectural projects that are so fashionable these days must not be energy-efficient boxes occupied by inefficient residents who aren’t committed to the same struggle to rationalise and humanise their lives. The basic function of architecture is not only to provide shelter and protection but also to show residents the way towards better harmony with the environment. This lesson can only be successful when it is present and involved in people’s daily domestic lives in their homes, workplaces and recreational areas.

When the most simple and overlooked of containers cease to be opaque, solid and closed boxes and are turned into premises with boundaries which are diffuse, tangential, overlapping or juxtaposed, which break up the interior space to allow it to flow and facilitate a more direct contact with our surroundings; it is then when architecture will have started to win the real battle of sustainability, the one that will make sustainable ourselves.

Whatever the reality, and whatever the type of architecture may be, all we need to do is look upwards to discover the boundless limits within reach of design.

Posteado por: Es Cau | junio 7, 2012

ARCHITECTURE AND MAGIC

I picked a card, and then it vanished into the rest of the deck slipping through his fingers. Over and over, he cut the deck in different places while chatting to me about the fate of my choice, now being delivered up to the speed of his movements. I started losing sight of what was happening and at the same time his skill filled me with wonder. A few seconds later, completely disorientated, I gave up even trying to decipher what he was doing, knowing myself defeated, and simply let myself enjoy his dexterity, waiting expectantly for the final magical gesture that would deliver up the inevitable.

¿Estas preparado?
Are you ready?

Nicholas, very confident in his performance, turned black into red, hearts into spades, and sevens into fours, changing their positions with a whisper, and then with a snap he produced my card between his agile fingers. So simple and so fluid that it seemed to me that the magic was not a skill but a living part of him, his movements enveloped in a perfectly theatrical aura.

The magic of my son, the result of effort and perseverance, perfected by his determination to succeed in whatever he really enjoys and longs to do, reminds me of the magical potential of architecture and the architect, who manage to put chaos into order and transcribe them into a controlled and functional aesthetic.

Like Nicholas, architects juggle a thousand and one possibilities, a combination of uses, needs, aesthetics, technology, sustainability and balance, amongst others; and, like him, we need to become illusionists to conjure up an exceptional outcome that stops people in their tracks and causes jaws to drop before moving on to the explosion of something even more amazing than anticipated: the final work.

Manipular la geometría.
Manipulate the geometry.

Our deck of cards complements the four traditional suits with numerous other factors with different symbols and features, all of which interweave in a practically infinite list of possibilities which the architect, with his hat and wand, needs to put into order according to his technical and creative skills.

Curiously, the main common denominator involved in the tremendous difficulty of controlling the flow of the cards, their position in the deck and the coordination between suits and values, is the natural tendency to fulfil the second law of thermodynamics: in other words, the natural tendency for order to descend into chaos.

In these circumstances, the architect can only set himself up as the main protagonist and focus his attention on the creative side of the project, particularly on the interaction between every card and the total deck, before finally, magically, managing to order them in a sequence that guarantees the success of the finished work, which is nothing more than managing to faithfully pin down the essence of the project in a structural reality.

¿Me sigues?
Are you still with me?

What tends to happen is that in the course of the operation some of the cards get lost or magically change their number, colour, suit or position in the pack, and in this overriding chaos some of the players see the game going their way, moving the dynamic centre of the project towards uncontrolled areas that do not adhere to the governance of balance but to partisan leanings. More technical, more efficient, more easily built, and the most fearsome ‘ace’ of all, “cheaper”, put tremendous obstacles in the way of the final quality.

The architect, that conjurer of dreams, will shuffle the cards, cutting them, twirling his wand around at lash level, before finally managing to conceal his stealthy trick between his fingers and flourish the winning card from the folds of the third dimension; the ‘ace’ of functional order and aesthetics, the sought-after balance between every factor, for all the players. Order, project and works all seem to crystallize spontaneously at the right and most necessary time to spark off the final sequence.

From his three-dimensional hat he plucks the ultimate achievement of incalculable value. It emerges slowly and is validated with time, but architecture has this inherent value that distinguishes it from the other arts, and that is its magical capacity to unite art and function, to provide a formal mirror for society, and at the same time contribute to that society’s wellbeing, providing it with spaces and ambiences in which to live and develop their human emotions.

This is the ultimate trick, the last device of the architect/illusionist: uniting two variables that are so dissimilar when separate and yet so necessary together, not only in terms of the domestic construction of every life but also to feed the expressive and artistic needs of the soul.

Levitando el equilibrio.
Levitating the balance.

Thus the magician, disguised as an architect, continues his crusade to put a chaotic and dehumanized world into order, pulling out from his sleeves the most unusual challenges, from between his fingers cards as slender as threads, from his open palms decks of cards take flight, and all the while my son Nicholas completes his performance by levitating the seven of hearts while I watch him, silent and incredulous, like an architect standing before his work.

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