Posteado por: Es Cau | enero 3, 2015

LA SIMPLE ESENCIA

Cuando entro en una librería especializada me sorprendo muchas veces ojeando libros o revistas sobre arquitecturas residenciales mínimas. Debo admitir que me causan cierta fascinación y me empujan siempre a desear algún encargo dentro de esa línea, al igual que la arquitectura de containers marítimos, aun siendo  algo diferente por su carácter móvil y modular.

En la infinidad de proyectos publicados que pueden encontrarse en ese ámbito me atraen especialmente dos tipologías, por un lado las emblemáticas viviendas urbanas mínimas japonesas y,  por otro, los “tree-houses” que de alguna manera forman parte del imaginario que cualquiera tuvo de niño.

Lo que me conmueve  de las propuestas japonesas no es tanto el fino diseño mobiliario pensado para el mejor aprovechamiento de cada lugar y uso, sino la comprensión esencial que ha de regir el proyecto desde su génesis y que lo impregna todo. Contrariamente a lo que la lógica pareciera indicarnos para tratar de aprovechar el espacio el máximo, esto es “ocupándolo” y “estresando” su capacidad,  las propuestas japonesas van casi siempre en la línea contraria, la de liberalizar el espacio para que su vacío inunde el interior y entregue esa sensación de amplitud tan característica e inesperada de estas viviendas.

No podemos dejar de darle cierto crédito a la distorsión de los ángulos fotográficos, pero aun así siempre acabamos pasando páginas y confrontando las vistas exteriores del volumen mínimo con las interiores de generosa amplitud, y preguntándonos a la vez: “¿cómo cupo un espacio tan holgado dentro de una geometría  tan ajustada?”.

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Además de la valentía y buen hacer del arquitecto, la respuesta está en pensar el proyecto desde la concepción del “menos es más”. Menos espacio útil y más espacialidad, resulta finalmente en mayor calidad de vida interior, menor sensación de encierro y mucha más luminosidad. Los espacios libres se duplican, triplican o cuadriplican en altura, y se acaban convirtiendo en una espacie de oruga de vacío y luz que excava el interior. El proyecto no puede entenderse desde las plantas sino desde el tratamiento del vacío, y cómo éste va moldeando cada uno de los pisos, generándose conexiones visuales, lumínicas y espaciales en todas las direcciones.

Es un juego de sensaciones y expectativas. Los espacios blancos, prístinos, casi transparentes, con alturas que miran por sobre otras, tratamientos de luz que rebotan e inundan los rincones, ventanas que enmarcan vistas estudiadas y puntos de vista fugados, acaban por inundarnos de sensaciones sorpresivas e inesperadas, que diluyen el limite físico del espacio posible hasta el punto de casi desaparecer.

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Algunas de las propuestas son auténticos ejercicios de imaginación geométrica en los que las formas aparentemente caprichosas del volumen exterior, responden a la búsqueda de determinados espacios interiores y/o a la relación de éste con las normativas y restricciones aplicables. Muchas de ellas ofrecen imágenes fotográficamente muy atractivas y con resultados que  a nadie pueden dejar indiferente sobre las posibilidades que el diseño de excavar el vacío puede otorgar.

La culminación final, consecuencia absolutamente lógica y obligatoria para no romper el compromiso minimalista que no solo invade el proyecto sino la vida de sus inquilinos, es la plaza de aparcamiento ajustada para un vehículo mínimo de diseño (mini, vw beetle, fiat 600..), deseo de culto para maximizar y potenciar hacia el exterior el espíritu de la propuesta. No es solo una casa pequeña, es la proyección de un estilo de vida que minimiza lo superfluo y se centra en lo estrictamente necesario, pero eso sí, con diseño, para llenar el espíritu.

En cuanto a la segunda tipología, los tree-houses, me atrae especialmente esa simbiosis entre la propuesta, el árbol y su entorno. Pareciera en realidad la contraparte de las casas minimalistas tecnológicas japonesas, son soluciones que en su mayoría buscan relacionarse con el entorno y fundirse de alguna forma con la significancia natural de los árboles, el bosque y la vida que contienen.

Por lo general  los ejemplos más comunes están basados en la referencia infantil de la “casita elevada”, con toques infantiles o similitudes con el mundo imaginario de los hobbits, pero existen excepciones sumamente interesantes en las que sin perder la esencia del escondite elevado y en sintonía con el bosque, proponen soluciones en las que el espíritu no se enfoca en “el estar” sino en las sensaciones que se consiguen “del estar”. Igual que en las viviendas japonesas es necesario que el proyecto interiorice desde su comienzo la dificultad matemática de la sensación que el espacio interior sea aparentemente mayor al volumen exterior, en las Tree-Houses la esencia consiste en potenciar con el diseño de un ínfimo espacio las posibilidades que el lugar excepcional nos propone.

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Cambiar el punto de vista es un ejercicio interesante y sano, nos ayuda a visualizar los diferentes enfoques posibles  de una misma situación y a descubrir realidades insospechadas. Es uno de los pilares de la meditación, el saberse ver y desde ahí poder entender la realidad sin el sesgo del “yo”. Eso es precisamente lo que deben potenciar y conseguir los proyectos de Tree-Houses, efectivamente abocarse a impregnar la propuesta de esas sensaciones que posibilitan un punto de vista privilegiado y único. No se trata de dormir en un árbol, sino de visualizar y entender el bosque, su entorno y su vida desde ese lugar, sin duda muy diferente al habitual.

El espacio exterior es aquí el punto de partida, el eje sobre el que ha de girar el proyecto, el que desde un centro ha de saber, o expandirse hacia el exterior para buscar ese mar de sensaciones que se nos ofrecen, o bien recluirse hacia el interior a sabiendas que el entrono permite la introspección y el aislamiento.  Son, contrariamente a lo que parece,  siempre proyectos expansivos, pensados para actuar como vigías y espectadores de aquello que el entorno nos presenta, o como punto de partida para expandir las búsquedas de la mente.

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Ambas tipologías me conmueven precisamente porque desde ángulos diferentes y  casi opuestos,  proponen soluciones que encierran grandes sorpresas y obligan al arquitecto a cuestionarse el proyecto desde el reino de las sensaciones  más que desde la rutina de la utilidad.

El universo de lo pequeño está lleno de propuestas que ejemplifican vastamente, especialmente para quienes están estudiando,  la significancia de las ideas-fuerza, aquellas que con un simple gesto resuelven la totalidad del proyecto dejando el resto a meras resoluciones constructivas y decisiones utilitaristas. La claridad y simpleza de estas propuestas son la antítesis de aquellas que por ser proyectos de mayores dimensiones se sienten en la obligación de llenarse de diferentes criterios, gestos y materiales, y razones que los justifiquen. La arquitectura no siempre necesita llenarse de propuestas, le basta con escoger una opción y solucionarla brillantemente, de forma que idea, construcción y uso se fundan en una sola lectura.

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