Posteado por: Es Cau | julio 29, 2015

¿PUEDE HABER ALEGRÍA EN ESTA TRISTEZA?

Hace apenas un mes falleció mi hermana, la única que tenía y tendré, un pilar que me sostuvo muchas veces. Desde entonces para opacar este dolor trato de buscar un atisbo de alegría dentro de la tragedia. Una alegría que no se base en la resignación a supuestas nuevas vidas iluminadas, sino sustentada en la realidad tangible de la extraordinaria persona que fue y la vida que nos regaló.

Aun así, se me resiste esta alegría.

Los momentos familiares que no vivirá o el fruto de su esfuerzo y trabajo de todos los días que no conocerá, me impiden focalizarme en su pasado vivido y, por el contrario, le otorgo ahora más valor al potencial perdido del futuro.

Paso a paso.

Paso a paso.

Tendemos a dimensionar la partida de los seres queridos en función del vacío que dejan en cada uno de nosotros, y lo hacemos menos en la verdadera tragedia de una vida truncada, su vida, a la que dedicó con tesón todas sus cualidades. Hacia ella debemos apuntar nuestra tristeza, despojándola de nuestro “yo”, y desde ahí buscar algún trazo posible de alegría.

La muerte, inexorable para todos los seres, es el gran interrogante de la vida, y lo es por esconder por milenios lo que hay detrás de sus límites.

Desde el origen de la formación primitiva de la conciencia, en el incipiente reconocimiento del yo, nos hemos obsesionado por aquello que era inexplicable, y hemos buscado sus  respuestas en lo incuestionable.

Desde la bidimensionalidad del hombre primitivo y su dios sol, pasando por el miedo al pecado y el castigo divinos de la edad media,  la tridimensionalidad espiritual del hombre renacentista, hasta los tiempos de hoy, hemos tratado de ablandar la muerte como la frontera hacia una nueva vida, basándonos en creencias religiosas, introspectivas y, últimamente, cuánticas.

De todo este largo proceso de cientos de años lo que de verdad nos queda es la espiritualidad, el reconocimiento de intuirnos trascendentes en conexión con la energía del universo. Cada vez comprendemos más y mejor, y descubrimos que nuestro mundo singular no es el centro de las infinitas casuísticas que esconde el secreto del cosmos, y que nuestras dimensiones son apenas incipientes.

Empezamos a creer, los unos y los otros, que esta frontera empieza a revelar tímidamente algunos secretos sobre la posible existencia de un flujo continuo de vida, o de conciencia, o de energía.

La inmensa decepción de perder la vida encuentra consuelo en valorar y celebrar la calidad humana de quien nos deja. Nuestra fragilidad se hace inmensamente presente en estos momentos, nos muestra una realidad que se esconde en ese día a día vertiginoso, lleno de quehaceres, donde nos engullen la velocidad y el consumo. El apego a la materialidad y a la vanidad nos impide vivir pausas de silencio para aprender a mirarnos y dimensionar lo que pasa a nuestro alrededor, ypara decidir entonces como queremos vivir esta magnífica oportunidad.

Cristina se fue en un segundo, sin quererlo ella. A todos nos ha invadido una profunda tristeza, hemos destacado su extraordinaria calidad humana, algunos se han consolado con su nueva existencia luminosa, otros con las teorías de seguir perteneciendo a esa energía que ni se crea ni se destruye, o a su reconversión hacia nuevas dimensiones o reencarnaciones.  Otros nos hemos apenado pensando en lo mucho que todavía la vida le tenía que mostrar y cómo ella lo habría recibido generosa.

Así pues, la única alegría que puedo rescatar dentro de esta inmensa tristeza reside en saber que tenía la conciencia clara de vivir la felicidad de su presente, y nos dejó por tanto en plenitud con ella misma. Cristina era una persona feliz con su vida, la vida que fue construyendo paso a paso con los suyos y los que la rodeaban, y nos hacía felices a muchos. Sabía con extraña certeza que el único tiempo que vivimos es el presente instantáneo de cada momento, y que la felicidad solo puede vivirse y compartirse desde ese tiempo que es la sucesión de presentes. Es por eso que vivía con esa  plenitud que nos permite ahora, en este instante, encontrar una chispa de alegría, porque sus 57 años los vivió con paz y profundidad, amando a los suyos y repartiendo entre todos nosotros, familia y amigos, sus enormes cualidades.

Por una vez que el recuerdo sea una sonrisa.

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